Sábado. 25.11.2017 |
Opinión
Redacción Cultura
12:30
27/09/17

El sueño del transhumanismo: el hombre como máquina biológica

No es ajena al ideario popular la idea de un futuro dominado por la tecnología, incluso la idea de modificar al ser humano para prepararle para los retos del futuro. Esta utopía -o distopía, según como cada uno lo considere- es el sueño del transhumanismo, una corriente cultural impulsada principalmente por científicos, filósofos y artistas que propone la mejora del ser humano a través de la tecnología, la genética o la farmacología.

El sueño del transhumanismo: el hombre como máquina biológica

¿Por qué cambiar al ser humano? Según los transhumanistas tenemos limitaciones físicas y biológicas (podemos correr hasta cierta velocidad, tenemos inteligencia limitada, sufrimos enfermedades, la vida termina…). Por tanto, la tecnología es la solución para eludir esas limitaciones y crear ‘transhumanos’ o ‘superhumanos’. Así, en la actualidad discurren ideas como transformarnos en ciborgs, modificar nuestros genes para predeterminar ciertas actitudes y aptitudes o tomar fármacos que estimulen ciertas regiones del cerebro.

Pero, ¿qué supone mejorar al ser humano? ¿Y hasta qué punto es ético cambiarlo?  José Ignacio Murillo y Luis Echarte investigadores del Grupo ‘Mente-cerebro’ del Instituto Cultura y Sociedad de la Universidad de Navarra analizan esta corriente futurista.

El germen del cambio

En primer lugar, esta corriente no empieza con experimentos imposibles o puros futuribles. Según Luis Echarte, este movimiento bebe de innegables “adelantos tecnológicos, principalmente  biotecnológicos, aunque liderados por investigadores que no saben qué es el transhumanismo ni lo sabrán jamás”, afirma Echarte.

A partir estas investigaciones “ordinarias”, los transhumanistas han sugerido tres formas para transformar al ser humano: genética, farmacológica y tecnológica.

La primera busca crear seres humanos perfectos cambiando los genes. Esta idea parte de la eliminación de enfermedades genéticas –que se sabe que se producen en un gen concreto- y termina con la posibilidad de modificar el carácter y el físico a partir del genoma.

Para José Ignacio Murillo esto plantea varios problemas: “Cuando decimos ‘vamos a modificar este genoma para que la persona sea más lista’, tendríamos que definir qué significa inteligencia, qué tipo de inteligencia queremos y, además, tendríamos que buscar cuáles son los factores genéticos que influyen en la inteligencia”. A esto añade la influencia del entorno y las consecuencias que puede para él y su descendencia. “Por lo tanto, te encuentras ante un proceso difícilmente previsible”.

“Ninguno de ellos tiene claro en qué consiste mejorar”

En segundo lugar, con la transformación farmacológica se buscaría la modificación de comportamientos humanos a través del consumo controlado de psicotrópicos. El caso sobre el que hoy más se discute es el del empleo del metilfenidato, “que se ha utilizado durante décadas con gran éxito para el tratamiento del Trastorno por Déficit de Atención con Hiperactividad (TDAH)”, explica Echarte, y que hoy se pretende ofrecer a sujetos sanos para incrementar su atención.

Por último, se encuentra la transformación tecnológica– quizá la más recurrente en la ciencia ficción-. Partiendo de extremidades biónicas o válvulas en el corazón, logros que ya existen, se llega al ideal del ciborg, esto es, a la búsqueda de la sustitución completa del cuerpo biológico por otro biomecánico. Inclúyase aquí también las investigaciones en inteligencia artificial, gracias a las cuales tal sustitución sería completa. Murillo cuenta que el promotor de esta última, Marvin Minsky, “estaba convencido de que íbamos a generar inteligencia superior a la humana y que, entonces, aparecería un problema: no sabemos cómo nos tratarán”.

De la técnica a la ética

Según explica Murillo, en el transhumanismo la idea de mejora es central, ya sea radical o “proporcionando a cada persona los recursos para que haga con su vida lo que quiera”. Sin embargo, el experto critica que “ninguno de ellos tiene claro en qué consiste mejorar y tampoco saben muy bien qué hay que mejorar”.

Ambos expertos coinciden en que el proyecto transhumanista supone una paradoja: quieren decidir sobre la ética del futuro pero deben decidirlo con lo que ahora se considera bueno y malo. “Cuando deciden acerca de los seres humanos del futuro no les dan la libertad a ellos para decidir qué quieren hacer con su vida”, expone Murillo.

Para avanzar se necesita una base sobre la que apoyarse y, según  los expertos, para mejorar al hombre hay que partir de la naturaleza humana. Si se considera al ser humano como tecnología se pierde la referencia de hasta qué punto el ser humano puede cambiarse. “¿Qué es mejorar cuando puedo hacer lo que quiera con mi naturaleza?”, se pregunta Murillo.

“Nosotros seríamos máquinas biológicas para obtener los fines que nos proponemos”

Así, los transhumanistas tienen una visión mecanicista del hombre: la vida tiene valor mientras la persona cumpla una función, al igual que las máquinas. “Yo no comparto esa visión de la realidad –replica Echarte- creo que es muy peligroso valorar una vida según su utilidad. Porque… ¿con criterio de quién? ¿De los que en cada momento sustentan el poder? ¿Según el criterio de una mayoría que puede dejar de serlo de la noche a la mañana? Toda vida humana es un fin en sí misma, y esto es así porque no somos máquinas”.

Murillo coincide con su compañero: “Para que pueda haber una ética, hace falta que aceptemos que existe una naturaleza humana que puede ser perfeccionada o prolongada por la técnica”. “Pero -añade- en el momento en que digamos que la vamos a transformar ya no tenemos un criterio para decir que lo que estamos haciendo es mejor o peor, porque simplemente estamos haciendo una cosa distinta”.

¿Qué diferencia al hombre de la máquina?

Llegados a este punto, tampoco hay que demonizar a la tecnología. Según Luis Echarte, la tecnología es algo muy bueno ya que permite mejorar las condiciones de vida. Es más, la tecnología es algo inherente al ser humano: “Uno de los rasgos que los arqueólogos utilizan para discriminar si un determinado yacimiento es de humanos es la búsqueda de tecnología, piedras talladas, pinturas… El ser humano no se concibe sin tecnología. Pero -y este es el matiz importante- el hombre no es tecnología”.

Por su parte, José Ignacio Murillo afirma que el ser humano se puede mejorar y la tecnología facilita ese proceso (por ejemplo, las gafas o las rodillas artificiales). El problema surge cuando se “borra la diferencia entre lo que es natural y lo que es artificial. Nosotros seríamos como máquinas o herramientas biológicas que sirven para obtener los fines que arbitrariamente nos proponemos”.

“Tenemos que saber quiénes somos y de dónde venimos para saber qué supone mejorar algo”

Así, para los expertos el problema del transhumanismo es que trata a las personas como máquinas, es decir, como medios para conseguir algo. Las máquinas son medios para conseguir un fin, pero “el hombre no es un medio sino un fin en sí mismo”, afirma Echarte.

Este presupuesto ético es el que diferencia al hombre de la máquina. Identificarse con las máquinas “rebaja nuestra categoría moral, ya que las utilizamos como nos place”. Murillo añade que las máquinas, al ser algo producido, tienen un fin externo “lo determina un productor”, pero esto no es aplicable a los seres humanos..

Los investigadores recurren al ejemplo de Frankenstein: una vez el monstruo de Frankenstein vive, actúa por su cuenta, tiene sus propios fines y no se le puede obligar, no se le puede utilizar como un medio. Mientras que una máquina se programa, una persona actúa con libertad.

La clave es la libertad

Esta corriente de pensamiento busca una sociedad perfecta en la que no haya violencia, ni discriminación ni enfermedades. Para conseguirlo, propone predisponer al ser humano a ciertas conductas, evitar que actúe mal.

El problema de este presupuesto es que “estar programados para hacer el bien es eliminar la libertad”, afirma Murillo. Considera que el proyecto transhumanista busca construir el ser humano perfecto, pero los seres humano perfectos no se construyen sino que se hacen a sí mismos actuando con libertad.

“Tenemos que saber quiénes somos y de dónde venimos para saber qué supone mejorar algo -explica Echarte-, si no, caemos en idealismos que pueden llevar a mucha gente a la infelicidad. Hay sueños que acaban convertidos en pesadillas”.

“Sabemos que transgredimos las leyes, que hacemos las cosas mal, pero el reverso de esto es que hacemos las cosas nosotros mismos y no solamente hacemos las cosas porque nos sentimos inducidos a ello”, concluye Murillo.

Fuente: ICS. Ver artículo original aquí: "El sueño del transhumanismo: el hombre como máquina biológica".

El sueño del transhumanismo: el hombre como máquina biológica
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