Sábado. 25.11.2017 |
Opinión
Redacción Cultura
13:40
08/06/17

Pittsburgh antes que París

Pittsburgh antes que París

Arlene B. Tickner escribe en El Espectador sobre Donald Trump y el Acuerdo de París.


El estupor e indignación por la decisión de Trump de retirarse del Acuerdo de París -con lo cual Estados Unidos se suma a Nicaragua y Siria como los únicos no firmantes entre 197– no es para menos.  Pese a basarse en la buena fe de los países (porque no es un tratado) de reducir sus emisiones de gases de efecto invernadero, se trata del reconocimiento internacional más contundente hasta ahora de la existencia y letalidad del cambio climático y de la necesidad de combatirlo de forma colectiva.  La mera sugerencia de que el líder mundial y segundo más contaminante no tiene intención de hacer su parte para evitar el desastre planetario tiene consecuencias imprevistas para el cumplimiento del resto, por más alentadores que suenen los pronunciamientos estatales y ciudadanos en sentido contrario.

La renuncia a París también encierra un cambio fundamental en la manera en que Estados Unidos interactuará con el mundo, con implicaciones potencialmente tectónicas para el (des)orden global.  En su discurso, Trump describió el Acuerdo como una conspiración -incluso de aliados históricos como Alemania y Francia– que amenaza los intereses económicos estadounidenses, afirmó que fue elegido para representar a Pittsburgh (y no a París), y reclamó el derecho soberano de hacer lo que a ese país le da la gana.  Esta visión retorcida de “América primero” fue expuesta hace poco en el Wall Street Journal, en donde los directores del Consejo Nacional de Seguridad y el Consejo Nacional Económico ofrecen un retrato de la política exterior estadounidense en función de la competencia de suma cero y la inutilidad de la cooperación y las reglas para atender los problemas colectivos de un mundo globalizado.  

Así, en tan solo tres meses, el anti-presidente ha acelerado el deterioro del orden global liberal y su arquitectura institucional, cuya construcción (buena o mala) fue liderada por Estados Unidos después de la segunda guerra mundial.  Lo cual lleva a la pregunta obvia de cómo se llenará este vacío.  Luego de la fatídica gira de Trump por Europa, Ángela Merkel dictaminó que los tiempos en los que Europa puede confiar plenamente en otros (léase Estados Unidos) han terminado y que el continente debe tomar el destino en sus propias manos.  Si bien el Brexit plantea un claro golpe al poder económico y político de éste, se tratan de palabras mayores (proviniendo de la canciller alemana), que reflejan la voluntad de la Unión Europea de seguir ejerciendo liderazgo internacional.

Vladimir Putin, quien ha buscado restaurar la influencia externa de Rusia mediante la ocupación directa (en Ucrania y Crimea), la intervención militar (en Siria) y la injerencia política en Estados Unidos y Europa, se beneficia del distanciamiento transatlántico, ya que una de sus metas es romper su alianza estratégica.  Sin embargo, Xi Jinping se perfila como el principal ganador de todo esto.  Entre el retiro estadounidense del Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica (TPP) y el de París, el posicionamiento de China como protagonista del libre comercio, la globalización y el medio ambiente (más no de la democracia ni los derechos humanos) se va confirmando.

Pittsburgh antes que París
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