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Opinión
Redacción Cultura
13:44
19/05/17

Ignacio Agustí, el cronista de la burguesía catalana

Ignacio Agustí, el cronista de la burguesía catalana

“Hablo de muchos años atrás”. Con estas palabras comienza el escritor, editor y articulista Ignacio Agustí su novela Mariona Rebull, la primera de una pentalogía titulada La ceniza fue árbol, conjunto de novelas que recorren la historia de Barcelona desde la segunda mitad del siglo XIX hasta el final de la Guerra Civil española. Con motivo del primer centenario de su nacimiento, la editorial Destino ha reeditado las dos primeras novelas de la serie, Mariona Rebull El viudo Rius, y publicado además una excelente biografía, Ignacio Agustí, el árbol y la ceniza, a cargo de Sergi Doria (1960), crítico literario, profesor universitario y responsable de la edición crítica de las obras completas del escritor catalán.

Ignacio Agustí, el árbol, y la ceniza recorre la intensa vida de una persona que muestra en su biografía los anhelos y las cicatrices de buena parte de la historia de España del siglo XX, marcada por el hachazo de la Guerra Civil. A pesar del éxito de sus novelas y de las populares adaptaciones al cine y la televisión, Agustí es hoy un nombre semiolvidado en la literatura española y catalana. Sobre todo, por su colaboracionismo con el franquismo, que le llevó a desempeñar destacados puestos en los órganos de propaganda. Esta inquebrantable adhesión política, con sus crisis, hasta su muerte en febrero de 1974 ha sepultado su obra literaria, heredera del realismo más tradicional, y eso que las primeras novelas deLa ceniza fue árbol fueron, en su tiempo, best-seller muy leídos, valorados y reeditados. Tuvieron el valor añadido de que hicieron posible que buena parte de la sociedad catalana recuperase tras la Guerra Civil el senycatalán y los modos de vida y ambientes en los que habían vivido sus padres y abuelos, enterrados durante los convulsos años treinta. Incluso los personajes y algunas escenas de sus novelas se hicieron tremendamente populares, y todavía hoy no se concibe el atentado anarquista en 1893 en el Liceo de Barcelona, con el lanzamiento de una bomba Orsini, sin imaginarse a Joaquín Rius con su mujer Mariona Rebull, ya muerta, en brazos, deteniéndose “porque había oído el rumor de que algo se perdía, que huía cristalinamente, eran -escribe Agustí – los golpecillos secos y rotundos, saltarines, sobre el mármol de los peldaños. Se volvió, apenas, y vio como iban saltando por los peldaños, hasta ganar el suelo, las perlas del collar… Sintió en su espalda el gran escalofrío”.

El catalanismo conservador

Nacido en Barcelona en 1913, vive de manera apasionada la explosión cultural y social de los años veinte y treinta, cuando Barcelona, a pesar de la extensión de los atentados anarquistas en las primeras décadas del siglo XX, se convirtió en una ciudad moderna y cosmopolita. Esos sucesos enrarecieron con el paso del tiempo las relaciones sociales y empresariales, como muy bien describe el autor precisamente en la segunda novela de su pentalogía, El viudo Rius. Agustí se entregó a un activismo literario y periodístico que años más tarde saldría hecho añicos con la radicalización política de los últimos años de la República.

Estudió en los jesuitas y se licenció en Derecho por la Universidad de Barcelona. Comenzó como poeta con El veler, poemario bien recibido que le abrió las puertas de la sociedad literaria y que le ayudó a relacionarse con periodistas y escritores ya consagrados. En 1933, muy joven, era ya periodista de La Veu de Catalunya, el periódico de la Lliga de Francisco Cambó. Allí empezó a escribir reportajes culturales y literarios, siempre en catalán, que le permitieron conocer a Paul Valery, Gabriela Mistral, Pedro Salinas y poco después a mantener una estrecha amistad con Margarita Xirgu y Federico García Lorca.

Su actividad y sus escritos poéticos y teatrales le abrieron también las puertas de tertulias como “La Caverna”, en el Ateneo barcelonés, del que muchos años después sería su presidente. Allí, con otros periodistas y escritores, vieron cómo se enrareció la convivencia social y política. Como escribe Sergi Doria, los jóvenes intelectuales de la generación de Agustí pasaron de golpe del parnaso al averno. Similar ambiente palpó Agustí en Madrid, a donde fue destinado como corresponsal de prensa para cubrir para L’Instant las elecciones generales de 1936. Poco después de su regreso a Barcelona, estalló la Guerra Civil. L’Istant fue clausurado y por su adscripción al catalanismo conservador, su vida corría serio peligro. Huyó en barco, primero a Génova; de allí pasó a Alemania y meses después se encontraba ya en la zona nacional, donde se puso al servicio de Dionisio Ridruejo, Director General de Propaganda.

Ligado al semanario Destino

Fundado por Xavier de Salas, José María Fontana y otros intelectuales catalanes, bajo el impulso de Ridruejo, apareció en Burgos el 6 de marzo de 1937 el primer número del semanario Destino, que sería el portavoz de la Jefatura Territorial de la Falange Española Tradicionalista de las JONS de Cataluña. Los colaboradores, catalanes en su mayoría, militantes de lo que uno de ellos, Juan Ramón Masoliver, definió como “generación quemada”, convierten, como sucedió en otras publicaciones similares en uno y otro bando, el periodismo en “trinchera, revancha y bayoneta”, aunque Destino, por la altura intelectual de muchos de sus colaboradores (Laín Entralgo, Torrente Ballester, Martín de Riquer, Cunqueiro, d’Ors, Vergés, Cecilio Benítez de Castro, Masoliver, Juan Beneyto, etc.), trataron “una temática cultural muy variada y lo hacen de ordinario con altura de iras y espíritu conciliador”. Gracias a su experiencia periodística, Agustí sería desde el primer momento un hombre clave en este semanario, aunque antes de dedicarse por entero pasó unos meses como corresponsal en el frente –experiencia que novelaría en el último volumen de La ceniza fue árbol-. En octubre del 37 es ya, de hecho, el director y en noviembre se incorpora a la revista otro personaje fundamental para el futuro de Destino, Josep Vergés.

Tras la toma de Barcelona, Agustí se incorpora al Servicio de Propaganda en Cataluña. Sigue en el puesto de director de Destino. Aunque la revista mantiene una cierta independencia política y de acción, sienten continuamente la presión de la Falange y de los órganos de Propaganda, que irá fluctuando con el paso de los años, aunque no faltarán momentos peligrosos, como el asalto que sufrió la revista en 1943 como respuesta de la Falange a un artículo de Josep Pla, colaborador de la revista. A partir de 1939, Destino es también editorial. Los primeros libros publicados tienen un marcado carácter político: El ocaso de los dioses rojos, de José Esteban Vilaró, y los cuatro tomos de Historia de la Segunda República Española, de Josep Pla.

Literatura y política

En 1941 contrae matrimonio con Catín Ballester, con la que tuvo cuatro hijos. Y en 1942 publica en castellano su primera novela, Los surcos, el banco de pruebas de las obras que escribiría más tarde y donde ya aparecen, como escribe Sergi Doria, los temas más repetidos en sus novelas: “paisajes, memoria, celos y soledades arañadas por los recuerdos”.

En estos años, Agustí, Vergés y el Conde de Godó constituyen una sociedad privada que los convierte en propietarios de Destino. Ese año lanzan también una nueva colección literaria, “Áncora y Delfín”. Los primeros volúmenes en aparecer son Cavilar y contar, de Azorín; Viaje en autobús, de Josep Pla y Cumbres borrascosas, de Emily Brontë.

A su intensa actiividad periodística, literaria y como editor hay que sumar sus inquietudes políticas. En 1942 viaja a Suiza como corresponsal de La Vanguardia con el fin de establecer relaciones con don Juan y otros monárquicos.

El éxito con Mariona Rebull

En Zurich, donde reside, comienza a escribir las primeras páginas de Mariona Rebull, que publicará en junio de 1944 en Destino. La novela tuvo un sobresaliente impacto popular, con sucesivas ediciones en pocos meses. Por sus páginas aparece, con palabras de Doria, una “Barcelona apasionada, radiante, fabril, gozosa, pero también sacudida en otros tiempos por el estruendo de la revolución anarquista”. La novela hace que resurjan “de sus cenizas la Barcelona que la guerra civil había destruido”. El autor se centra en pocos personajes y con ellos levanta “una microhistoria que pone nombres, apellidos y rostros a la Cataluña fabril y burguesa”.

La novela comienza con el retrato de Joaquín padre, una persona con grandes aspiraciones en la vida que no acepta su destino y que para hacer dinero se traslada a América. Regresa enriquecido y se introduce en el negocio de los telares. A partir de ese momento se entrega en cuerpo y alma a sacar adelante una empresa familiar que se convertirá en una de las más importantes del gremio en Barcelona. Poco a poco la atención de la novela se desplaza del padre al hijo. El joven Joaquín admira a su padre y desea parecerse cada vez más a él. Cuando finaliza sus estudios tiene bien claro que quiere seguir los pasos de su padre: entra a trabajar en la fábrica y se convierte en la pieza fundamental del negocio.

El ascenso social

Aunque la familia ha hecho mucho dinero, no ha conseguido ingresar en la exquisita y tradicional sociedad barcelonesa, que ve a los Rius como unos nuevos ricos advenedizos. Para integrarse y socializarse del todo, el joven Joaquín sabe que un acertado matrimonio puede abrirle esas puertas. Conoce a Mariona Rebull, la hija de un prestigioso joyero, y contraen matrimonio. En un principio, la estrategia de Joaquín funciona bien, pues de hecho ya forma parte de ese selecto grupo social, pero no ha contado con que Mariona, muy joven y romántica, no se iba a contentar con una vida tan gris, burguesa y planificada, pues Joaquín seguía viviendo casi de manera exclusiva para su trabajo, y más después del fallecimiento de su padre.

Tras el nacimiento de Desiderio, su único hijo, el matrimonio entra en crisis. Es cuando aparece Ernesto Villar, su rival durante el noviazgo con Mariona. Si Joaquín es un hombre de orden, meticuloso, aburrido y trabajador, Ernesto, diputado, representa el enriquecimiento rápido, la vida fácil y festiva, la frivolidad mundana. El triángulo amoroso está servido. Estos son los personajes principales de una novela de confección muy clásica, a los que hay que sumar al contable Llobet, compañero inseparable de la familia Rius y que representa el auge de la clase media en una sociedad cada vez más industrial.

Agustí pone el foco en la vida laboral y sentimental de estos personajes y en sus relaciones sociales. La novela transcurre en la segunda mitad del siglo XIX. Se habla de la Exposición Universal de Barcelona, celebrada en 1888; de las diversiones de la burguesía (en este sentido, el Liceo es el obligatorio y exclusivo escenario social que todos comparten); del auge del anarquismo; del mundo de las fábricas y de las relaciones paternalistas de los patronos con sus empleados; de las vacaciones en la finca de Santa María del Vallés, con la narración de algunas escenas rurales llenas de un popular realismo. Agustí emplea una técnica realista que se apoya también en una “cierta poética del simbolismo”, con una cadencia narrativa muy proustiana con la que reconstruye de manera elegíaca y plástica toda una época desde una perspectiva costumbrista y sentimental.

La novela mantiene todavía hoy su interés y su calidad, a pesar de los años y del empleo de unas técnicas literarias muy tradicionales y realistas. Aunque el argumento pueda ser algo previsible, y por ello la intriga sea un ingrediente endeble (al contrario que muchas novelas actuales, basadas exclusivamente en la sucesión de peripecias para así enganchar al autor),Mariona Rebull es una excelente novela río que describe sin prisas, con delectación estilística, el microcosmos de unos personajes que representan una época en pleno proceso de cambio y desintegración. Para Santos Sanz Villanueva “sigue siendo una de las novelas fundamentales de los años cuarenta e incluso una de las notables de toda la posguerra”.

Nace el Premio Nadal

Al éxito de la revista Destino y de la editorial hay que añadir la creación de un premio literario que sirva para “vivificar la novela española desvelando jóvenes valores”. El fallo del primer Premio Nadal tiene lugar en 1945, en la novela de Reyes, y recayó en Nada, la primera novela de Carmen Laforet. Doria cuenta en biografía de Agustí el origen de este premio, que se llama Nadal en homenaje a Eugenio Nadal, catedrático de literatura que fue redactor jefe de la revista Destino durante unos años y que falleció a los 28 años por una leucemia. Eugenio Nadal era hermano del periodista Santiago Nadal, también colaborador de la revista.

Cuenta Doria también algunos entresijos del premio. Quiénes formaban parte del jurado y cuáles fueron las primeras novelas finalistas. Una era de César González-Ruano, que hizo todo lo posible para que los miembros del jurado, sobre todo Agustí, votasen su novela. El fallo final a favor de Laforet fue la causa del distanciamiento entre los dos.

Agustí estuvo en el jurado del premio hasta 1956, cuando concluyó su aventura en Destino. Hasta esa año, el premio vivió sus años de esplendor, pues supuso el descubrimiento de destacados escritores, desconocidos hasta antes de ganar el Nadal, como fue el caso de la propia Laforet, Miguel Delibes, Ana María Matute, Sebastián Juan Arbó, Luisa Forrellad, Luis Romero, José María Gironella y Rafael Sánchez Ferlosio. En la historia de la literatura de posguerra, el premio Nadal ocupa un privilegiado lugar, pues a diferencia de otros premios con unos objetivos más comerciales, se convirtió en referencia obligada para descubrir nuevos valores. Muchos de estos autores renovaron formal y temáticamente la novela española de posguerra, alejándose de la retórica posbélica, todavía instalada en el ambiente y en muchas novelas de la época.

La continuación de Mariona Rebull

En 1945 publica El viudo Rius, la segunda parte de La ceniza fue árbol. La novela comienza años después del atentado anarquista del Liceo, con la trágica muerte de Mariona en brazos de su amante. Barcelona es ahora una ciudad sumergida en una radical transformación urbanística. El mundo antiguo, el de la segunda mitad del XIX, queda sepultado con las obras que cambian la faz de la ciudad. El viudo Joaquín mantiene contra viento y marea sus telares, aunque la grave crisis económica y social  de los primeros años del siglo XX pone en serio peligro la viabilidad de su negocio.

Joaquín dirige la empresa como siempre, con unos métodos tradicionales, pero a su alrededor se están dando notables cambios sociológicos. El que más le afecta es el auge del anarquismo proletario, que rompe el clima paternalista en las relaciones laborales entre los patronos y sus trabajadores. Los obreros exigen ahora cambios y mejoras que los propietarios no están dispuestos a conceder, lo que les obliga a aplicar medidas coercitivas para que acepten sus reivindicaciones. Para conseguir sus objetivos, se disparan los atentados anarquistas. Para defenderse, los patronos se organizan en somatenes, pero se sienten ineficaces ante la organización de los anarquistas. Joaquín asiste pesaroso a estos cambios y a los peligros que conllevan para sus intereses.

El estallido social

Ante la amenaza de estallido social, algo hay que hacer. Rius y otros empresarios viajan a Madrid para buscar soluciones. Las relaciones con su hijo, ya estudiante, viven ancladas en una despegada afectividad. A veces le entran al padre las dudas de si su hijo servirá para continuar el negocio de la fábrica. Pero los hijos de la burguesía de principios del XX tienen la cabeza en otras inquietudes mucho más frívolas. Las amistades de Desiderio lo ponen en contacto con un mundo más abierto a las diversiones y a la modernidad. Su padre es, de hecho, un personaje anclado a un estilo de vida ya decimonónico, en franco retroceso en una sociedad cambiante.

Joaquín Rius, amenazado por los anarquistas, vive todavía con la herida abierta de su viudez, aunque mantiene una esporádica y tibia relación con una actriz que conoce en uno de sus viajes a Madrid, relación que no prospera porque la gravedad de los acontecimientos sociales exige de Joaquín, con la ayuda de Llovet y su hijo Arturo, la entrega absoluta a los problemas de su empresa. Como en Mariona Rebull, el dramático final condicionará la vida de los protagonistas en las próximas entregas.

El viudo Rius posee una sobresaliente calidad estilística, a la que hay que sumar el esmerado retrato que hace de Joaquín y Desiderio y del declinar del sólido mundo burgués. Agustí novela las protestas y atentados de los anarquistas; la aparición de nuevos políticos populistas, como Alejandro Lerroux; las protestas por la guerra de Marruecos; la sinuosa vida política madrileña; los sucesos de la Semana Trágica… Y en medio de este mundo burgués que está tambaleándose, los destinos contrapuestos de Joaquín y Desiderio, padre e hijo, que no acaban de entenderse.

Intensa vida social, política y literaria

El viudo Rius vuelve a cosechar excelentes críticas y es muy bien acogida por los lectores. Agustí intensifica sus contactos con la intelectualidad madrileña y en 1950 se traslada a vivir a Madrid, donde reside hasta 1953. Uno de sus objetivos es buscar apoyos para su posible candidatura a la Real Academia, una de las obsesiones frustradas del autor. A su regreso a Barcelona, aumentan las diferencias empresariales y políticas con Vergés, quien desea sacudir la revista de la dependencia política del falangismo. A los problemas profesionales hay que sumar el precario estado psicológico del autor, inmerso en una crisis que, a la larga, provocará su salida de Destino. En 1957 vende su cuota accionarial y en 1958 se embarca en una nueva aventura empresarial con la compra de la librería y la editorial Argos.

En 1957 aparece Desiderio, la tercera entrega de la saga, de la que ya ha decidido el autor que sea una pentalogía. El trabajo literario e histórico sigue siendo impresionante. Esta novela, la preferida del autor, se centra en apenas dos años, de 1914 a 1916, en plena Primera Guerra Mundial. Aunque siguen teniendo su importancia los acontecimientos históricos, que marcan el devenir de la narración, el peso lo tiene Desiderio. Por un lado, se confirma su falta de compromiso con los intereses profesionales de su padre. Por otro, su carácter se inclina más a lo sentimental. La portada de la primera edición del libro se ilustró con una escena de los carnavales, imagen con la que el autor quiso demostrar que incluso en plena Guerra Mundial, Barcelona, España y el joven Desiderio sólo buscaban la diversión. Son los mismos años, ambientes y personajes que aparecen en la novela de Eduardo Mendoza La verdad sobre el caso Savolta.

Sucesivos enfrentamientos

Tras la salida de Agustí de Destino, donde había conseguido una cierta estabilidad económica y profesional, se implica en demasiados proyectos literarios y empresariales. Algunos no acaban bien y le ocasionarán no pocos problemas económicos. En la década del 60, se intensifica su relación con el político Manuel Fraga, ahora Ministro de Información. Con él diseña diferentes planes para reforzar la presencia del régimen en Cataluña. Aunque Agustí se pone a su disposición, sabe que ya es demasiado tarde para restablecer relaciones entre el catalanismo y el franquismo.

Agustí colabora en esos años con Gaceta Ilustrada, Pueblo, Triunfo, El Español, el diario Tele/eXprés; escribe guiones radiofónicos y televisivos. Su influencia política sigue siendo destacada, aunque ya empieza a declinar. El contexto cultural reinante en la España de los 60 también le da la espalda. Son los años del experimentalismo, del nouveau roman y después del compromiso. Al experimentalismo le sustituye un realismo social que el autor catalán no ve con buenos ojos pues, dice, “traiciona los principios del arte”. Para Agustí, los novelistas sociales, apoyados en buena parte por el editor Carlos Barral y la gauche divine, “miran a los demás como un producto subalterno de la historia, al que habría que tutelar”. Gracias al apoyo de Fraga, es nombrado en 1960 presidente del Ateneo de Barcelona.

Las consecuencias de una polémica periodística

En 1965 consigue el Premio Nacional de Literatura con 19 de julio, la cuarta entrega de La ceniza fue árbol, novela que transcurre entre 1931 y 1936. Agustí escribe ya sobre sucesos que él ha vivido en directo. A sus impresiones personales sobre lo que cuenta, hay que sumar la exhaustiva documentación que maneja para situar su novela en un contexto histórico y costumbrista verosímil. La novela sigue centrándose en Desiderio, aunque ahora lo social y lo político adquiere, como en los episodios nacionales de Galdós, una dimensión más obsesiva y global. Aunque también fue una novela muy leída, los acontecimientos que se estaban viviendo en Cataluña y en España contribuyeron muy poco a la difusión de esta novela.

En 1966, además, Agustí se embarcó en una polémica que acabaría pasándole factura. Una manifestación de sacerdotes en Barcelona en contra del nombramiento de Marcelo González Martín como Arzobispo y las protestas por la detención de un joven anarquista fueron el tema de un artículo titulado “La procesión política”, que provocó una sonora polémica que enfrentó a Agustí con las organizaciones nacionalistas más activas (Ómnium Cultural, Juventuts Nacionalistes, Front Nacional), en auge en esos años. Por este artículo de “los bonzos incordiantes”, como se denominó a la polémica, Agustí fue boicoteado y tachado de baluarte del búnker franquista. Su artículo provocó la salida de Triunfo y de Tele/eXprés y propició un progresivo aislamiento.

Esta polémica sigue estando presentes a la hora de valorar su vida y su literatura. A la pregunta de por qué ha subtitulado la biografía de Agustí como “la polémica vida”, responde Doria en una entrevista en el diario La Vanguardia: “Porque durante mucho tiempo se le despachó como un catalán de Burgos, colaboracionista con Franco, y desde un punto de vista literario como del antiguo régimen, con un realismo de corte decimonónico un tanto periclitado. Pero sobre todo la condición política, que ahogaba cualquier otra reflexión sobre el personaje. Es decir, si citabas a Agustí la gente recordaba Mariona Rebull y después recordaban aquel artículo de los años 60 que lo tildó definitivamente de franquista” (9-VI-2013).

Todo esto hay que sumar al final de esta década la grave crisis que atraviesan las empresas en las que se había embarcado y el agravamiento de sus problemas de salud. Consigue en 1970 que Luis María Anson, director del ABC, le contrate como colaborador, pero un ataque al corazón impide que muchos de sus proyectos periodísticos salgan adelante.

Sus últimas obras

Sólo tiene fuerzas para terminar el quinto volumen de La ceniza fue árbol, que lleva como título Guerra civil y que, como el volumen anterior, se apoya mucho en sus experiencias personales. La novela continua la saga familiar, aunque Desiderio y su padre pasan a un segundo plano y cobran más protagonismo el hijo de Desiderio, Carlos, y de Arturo Llovet, Miguel. Los dos se implican a fondo en la guerra y le sirven al autor para describir de manera novelesca las vivencias que vivió en Burgos y en el frente.

Los últimos años, hasta su fallecimiento en febrero de 1974, los dedica a la redacción de sus memorias, Ganas de hablar, libro que escribe de manera compulsiva y con una gran sinceridad. Cuando estaba a puno de publicarse, falleció de un ataque al corazón.

Propulsor de la cultura de posguerra

Agustí fue protagonista de unos años cruciales de la historia de España. Ya desde joven, no compartió la deriva independentista del nacionalismo catalán, que uniría a los catalanistas con los partidos revolucionarios. Agustí rechazó estas alianzas y optó por un catalanismo tradicional y conservador. El triunfo del bando nacional contribuyó a que desempeñase destacados puestos en la cultura catalana en beneficio del régimen franquista, aunque no compartió los métodos empleados de arrinconamiento de la lengua y la cultura catalanas. Para él, la solución al franquismo pasaba por la reinstauración de la monarquía; ante la imposibilidad de don Juan de ser rey, colaboró todo lo posible para que el príncipe Juan Carlos adquiriese más protagonismo con el fin de que propiciase una pacífica y futura transición política. Sin embargo, no compartió ni la estrategia ni los objetivos políticos del nacionalismo catalán que vuelve a cobrar fuerza a partir de la década de los sesenta. Esta actitud provocó su aislamiento literario y periodístico justo cuando sus problemas de salud empezaron a ser más graves.

Agustí fue un activo y experimentado periodista, que convirtió la revista Destino en un referente periodístico y cultural a nivel nacional; como editor, se sigue valorando especialmente el lanzamiento de la editorial Destino y la puesta en marcha del Premio Nadal, un hito para la historia de la novela de posguerra. No fue un prolífico novelista, pero los volúmenes de la saga La ceniza fue árbol, sobre todo los primeros, Mariona Rebull yEl viudo Rius, demuestran que fue un novelista exigente, meticuloso, que supo dar vida a unos personajes representativos de toda una época que transmiten, como ha dicho Sergi Doria, “la expiación de los errores de la burguesía”.

Ignacio Agustí, el cronista de la burguesía catalana
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