Martes. 21.11.2017 |
Opinión
Redacción Cultura
13:27
19/05/17

Artículo de Don Miguel de Unamuno: sobre la Sociedad de las Naciones (1918)

Artículo de Don Miguel de Unamuno: sobre la Sociedad de las Naciones (1918)

La “Sociedad de las Naciones”, propuesta y predicada por el actual presidente de la gran República de la Unión Norteamericana, que es la democracia civil mayor del mundo de hoy, sólo será posible a condición de que sea una sociedad de las naciones y no de los gobiernos y menos de los soberanos. Habrá de ser todo lo contrario que fue la Santa Alianza después de la caída de Napoleón y de lo que han sido los pactos de familias reinantes.

Es decir que no cabrá el que se fragüen tratados secretos entre los Gobiernos o los soberanos. Las alianzas secretas, es decir, despóticas, entre jefes de Gobiernos y soberanos han sido la fuente de la injusticia internacional que desencadena las guerras.

Desde el momento en que toda alianza, ofensiva o defensiva, todo pacto, todo tratado tenga que ser público, la sociedad de las naciones se hará necesaria.

Para que ella subsista hay que quitar a los soberanos la facultad de declarar la guerra y la paz.Y si las declaraciones de guerra hubieran de ser previamente discutidas en público, las guerras casi se acabarían. Un pueblo democrático, parlamentario, es siempre más pacífico que el regido por poderes y consejos secretos. El imperialismo es necesariamente belicoso. Los reyes mismos propenden a ser los jefes del ejército y representantes de una clase y no del pueblo todo.

Una sociedad de las naciones vendríase a ser a modo de una gran república universal, de una vasta confederación democrática, con una forma acaso de concejo común. Y excluye, por su naturaleza misma, que haya al frente de ella ningún poder personal. Excluye toda forma de imperio.

Y decimos esto porque a la propuesta del presidente Wilson respondió alguna vez el Gobierno imperial de Alemania que le parecía bien y que acabada la guerra Alemania misma se pondría a la cabeza de ese movimiento de paz. La pretensión de ponerse a la cabeza de él, de la sociedad de las naciones, destruye de por sí la virtualidad de ésta. ¡No, a la cabeza, no! A la cabeza de ella ningún poder de los que en ella entren.

Y en cuanto a nuestra España sin duda que debe constituirse en defensora y propagandista de la idea de la “Sociedad de las Naciones”, mas para ello tiene que democratizarse del todo, abominar de los tratos, contratos y tratados que hayan podido fraguar secretamente, a hurtadillas del pueblo y sin darle a éste cuenta, sus Gobiernos. Más de una vez se ha hablado de que alguna vez hubo propósitos de intervención española armada en Portugal y ello sin haberlo tratado y discutido en Cortes —lo que equivalía, prácticamente, a anular tales propósitos— y si no se acaban procedimientos tales y se le quita al soberano la facultad de declarar, por sí, la guerra, España no tendrá justificación en sumarse a la idea de la “Sociedad de las Naciones”.

La base de una “Sociedad de las Naciones” tiene que ser el derecho de los pueblos a disponer de sus destinos y a darse los Gobiernos y soberanos que quieran, único modo de que las naciones sean patrias y no patrimonios o acaso hipotecas de tenedores de la Deuda pública o campos de explotación de una clase social.

La “Sociedad de las Naciones”, si llega a cuajar, será una gran república universal y civil, en que todos los intereses comunes sean tratados y discutidos públicamente, y no un Imperio en que se tomen acuerdos de razón secreta —la infame razón de Estado— y sean apoyados por una fuerza armada imperial.

Tal es lo que nos ocurre contestar a la enquesta —que no encuesta— que se nos dirige.

Artículo de Don Miguel de Unamuno: sobre la Sociedad de las Naciones (1918)
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