Jueves. 19.07.2018 |
Opinión
Francisco Segarra
17:10
03/01/18

¿Segunda transición en España? Los periodistas se equivocan, y mucho

¿Segunda transición en España? Los periodistas se equivocan, y mucho

Tal vez los periodistas más jóvenes hayan oído hablar de él. Otros, más entrados en años, le conocieron y leyeron sus crónicas, ensayos, artículos, libros. Me refiero a Emilio Romero.

Don Emilio fue un tipo con muy mala leche, muy listo y con muy buena intuición para diseccionar los cuerpos políticos, fiambres o no, vivos y sonrosados o putrefactos y malolientes. En ocasiones, él mismo remató a alguno con certeras ráfagas de estilográfica o de Olivetti.

Emilio Romero fue un influyente y muy informado analista político.

Emilio Romero sabía mucho.

Emilio Romero tenía fuentes y estaba al loro de casi todo en aquella España desarrollista y tecnócrata.

Emilio Romero tenía poder.

Y, sin embargo, en un tema tan trascendental como la Transición, que ya en 1973 se veía venir, se equivocó mucho.

Emilio Romero, el gran periodista, no acertó con la Transición. Ni de lejos.

Veamos. En 1973, cuando ya se había producido el asesinato de Carrero, Planeta en su colección "Espejo de España", dirigida por Rafael Borrás, le publica "Cartas al Rey".

Se trata de una colección de consejos al futuro rey Juan Carlos y de una serie de predicciones sobre el futuro inmediato de España a la muerte de Franco. Se basa en la historia reciente y en una cierta prospectiva lógica. "La avasalladora personalidad de Franco, y la impermeabilidad relativa del sistema, no han permitido una vegetación frondosa de cabezas políticas decisivas..." Así comienza el capítulo "Los presidenciables". Y ¿quiénes eran para Emilio Romero, en 1973, los futuros aspirantes a la presidencia del gobierno?

Sorpréndanse: Federico Silva -"sus modales son de obispo, con iras contenidas y bondades evangélicas. Es calmoso como un chino y hasta tiene los ojos como ellos; agudo como un puñal, ordenado como una priora, y los sapos se los traga como si fueran tartas capuchinas"-; Gregorio López Bravo -"se le llegó a comparar con una mosca a la que era imposible matar porque volaba continuamente"; tampoco acertó aquí Romero: el sistema vía ETA asesinó a López Bravo, años más tarde, en un avión en Bilbao-; Fraga Iribarne -"es excitante, desdeñoso, mal educado, a veces burlón, y eficaz"-; José Antonio Girón -"representa el equilibrio social frente al neocapitalismo agresivo. La clase económica del país, que es clase dirigente, debe 'digerirle' aunque se vea obligada a tomar bicarbonato"-, Torcuato Fernández Miranda -"es como un cerebro puesto en un motor de explosión"-; Alejandro Rodríguez de Valcárcel -"con una ortodoxia exportable y con la paciencia de un confesor sordo"-; Laureano López Rodó -"halaga y engaña con cierta inconsecuencia y naturalidad de amante gallega"-; Antonio Barrera de Irimo -"no está marcado por la vieja y la nueva situación"-; Cruz Martínez Esteruelas -"tecnócrata sin adscripciones religiosas"-. Y cita a algún otro, pero no quiero extenderme para no aburrir.

Estamos hablando, repito, de un gran periodista: de alguien metido a fondo en los pulmones del sistema.

Y estamos hablando de alguien que, en 1973, no cita en todo el libro a personajes como Adolfo Suárez, Felipe González, Jordi Pujol, Alfonso Guerra, Enrique Tierno, Santiago Carrillo, Jordi Solé Tura, Marcelino Camacho, Nicolás Redondo, Miguel Roca, Miguel Herrero de Miñón, Leopoldo Calvo Sotelo o Xavier Arzallus, por nombrar a los que, sin pensar mucho, ahora recuerdo.

Los protagonistas reales de la Transición, que se inicia solo dos años después, no existen para el gurú de la prensa, Emilio Romero.

Tampoco acierta a vislumbrar el decisivo papel protagonista de su discípulo Juan Luís Cebrián, que ya ejercía plenamente. No tanto entonces Pedro J, aunque apuntaba maneras: manipuló a varios gobiernos antes de que Mariano Rajoy, vía los italianos, acabase con su carrera.

Emilio Romero se equivocó porque estaba en los pulmones del sistema, no en las tripas. Y ahí abajo, en la fontanería, se estaba cociendo una operación que, con la perspectiva del tiempo, es fácil describir: liquidar a Carrero fue liquidar el franquismo. Esto no se vio o no se quiso ver entonces. El franquismo tenía los días contados y ningún protagonista de ese régimen podía sobrevivir, a menos que pagase el peaje correspondiente. El papel de los Estados Unidos, de Willy Brandt, de Olof Palme y, por qué no, de la masonería ilustrada europea, fue decisivo para configurar un estado en España que situase el tablero de juego político en el centro izquierda, acabase con cualquier intento de aglutinar a las derechas y al catolicismo -por las buenas o por la malas; fue, más bien, por las malas: entre ETA y el CESID terminaron con Fuerza Nueva y los militares y policías díscolos- y afirmase una "monarquía parlamentaria" que alcanzó su legitimidad con el autogolpe del 23F. Otros intentos de volver a una situación normalmente democrática -derechas e izquierdas- fueron segados de raíz el 11M.

En España todo lo importante se resuelve, al final, con atentados.

No quisiera equivocarme como Emilio Romero.

Tampoco quiero ser profeta de calamidades. Pero, en 2018, la situación política española y mundial tiene mal arreglo.

Y la solución que planea el sistema, me temo, es insospechada y, de inicio, violenta.

¿Apostamos?

 

¿Segunda transición en España? Los periodistas se equivocan, y mucho
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