Viernes. 24.11.2017 |
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Un Churchill agridulce

La película sobre la actitud del estadista británico se toma algunas licencias  historiográficas sobre los hechos que pretende narrar, si bien salva la buena reputación de su principal protagonista.

Un Churchill agridulce

Quien vaya a ver la película Churchill, dirigida por Jonathan Teplitzky, y cuyo guión ha sido escrito por la joven historiadora Alex von Tunzelmann, ha de saber con claridad cuáles son sus intenciones: si lo que pretende el espectador es ver una película que se ciña escrupulosamente a la verdad histórica, se va a llevar una decepción; en cambio, si espera ver un relato que destaque el liderazgo de uno de los principales estadistas del Siglo XX, la impresión será correcta, sin más.

El principal error histórico es el núcleo del propio guión, a saber la actitud de Winston Churchill en relación con el Desembarco en Normandía en junio de 1944. La película asume plenamente que el primer ministro intentó oponerse, por todos los medios y casi hasta el final, a los planes del entonces general Dwight Eisenhower. No es lo que opinan los principales estudiosos del acontecimiento. 

Ya antes de su salida en Gran Bretaña, el popular historiador Andrew Roberts, autor, entre otras obras de referencia, de Eminent Churchillians,  en un duro artículo, vaticinó el fracaso de la película y negó que Churchill intentase entorpecer el proyecto de Eisenhower. Concedió, eso sí, que Churchill se opuso a una acción masiva de los Aliados en 1942 y 1943, es decir, un año antes del Desembarco en Normandía.

Más comedido acerca de este crucial episodio se muestra uno de los más rigurosos biógrafos de Churchill,  Roy Jenkins, para quien el mandatario, “sin duda no quería ver otro Somme [la inútil batalla de mediados de la I Guerra Mundial], pero también creía que siempre era el deber de las tropas entrar en contacto con el enemigo”. 

En un plano más anecdótico, cuesta creer la veracidad histórica de ciertas escenas: por ejemplo que Churchill, hombre respetuoso de la religión pero indiferente hacia ella, implorase al cielo para que lloviese el día previsto para el Desembarco y así provocar su anulación. 

Sí que está documentado que, una vez convencido Churchill de la necesidad –y sobre todo de la inevitabilidad- de la acción en Normandía, el Rey Jorge VI tuvo que usar todo su poder de disuasión para que Churchill no fuera con las tropas, tal y como era su deseo. Pero, ¿es el jefe del Estado el que se desplaza al lugar donde se encuentra el jefe del Gobierno, como se ve en la película? No, antes al contrario: Denis Judd, uno de los biógrafos de Jorge VI, da cuenta de la amenaza del monarca de viajar en persona a Southampton para impedir que Churchill embarcara en un buque de guerra. Ni más ni menos. 

En cambio, del tono y de la evolución de la película se desprende claramente la incuestionable capacidad de liderazgo de Churchill, no solo por su fuerte carácter y su innata autoridad sobre los demás  -ambos rasgos son perceptibles varias veces a lo largo de la película-, sino también porque supo adaptarse a las circunstancias. 

Teplitzky plasma la flexibilidad del estadista con un contraste: empieza por dejar en evidencia el atraso táctico de Churchill en relación con los desembarcos -el Viejo León seguía traumatizado por el fracaso de Gallipoli en 1915, que le costó el puesto de ministro de Marina-, pero se encarga también de resaltar su aceptación de la mejor competencia de Eisenhower una vez tomada la decisión de ir a por todas en Normandía. 

Asimismo, la escena en la que el general norteamericano preside una reunión en la que Churchill se sienta en un lugar secundario expresa con precisión y no sin una pizca de crueldad el traspaso de supremacía política y estratégica de Gran Bretaña a Estados Unidos. Es, quizás, el otro mensaje de fondo de la película emociónate a la par que confusa. 

José María Ballester Esquivias.

Un Churchill agridulce
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