Sábado. 25.11.2017 |
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Salvar a Europa (II): una conferencia refundadora

Hubert Védrine, político francés.
Hubert Védrine, político francés.
Salvar a Europa (II): una conferencia refundadora

(Leer la primera parte).

En la segunda parte de Sauver l’Europe, Hubert Védrine afirma con rotundidad que la Unión Europa (UE) solo podrá regenerarse si encauza las aspiraciones de sus pueblos. Es la única manera de “detener la creciente desafección” de esos pueblos hacia Bruselas y, por ende, de salvar el proyecto. Y eso supone “pensar de forma distinta” y “abandonar el lenguaje moralizante que reclama sin cesar ‘más Europa’”. Un objetivo que no se podrá cumplir sin antes imponer a Bruselas una dieta normativa y reducir la influencia de ese 1% de europeístas contra los que arremetía en el artículo anterior.

¿Estamos, pensarán algunos, ante el descargo emocional de un demagogo? En absoluto. Védrine tiene la suficiente experiencia europea como para dejarse llevar por los impulsos. Es más, apoya su argumentación en la Declaración de Laeken y que el mismo negoció en nombre de Francia. 

Esta declaración, que concluía un Consejo Europeo de Jefes de Estado y de Gobierno celebrado en diciembre de 2001, reconocía la cada vez mayor distancia entre las instituciones europeas y la opinión público y admitía que la UE se entrometía demasiado en asuntos que desbordaban su competencia. El que fuera estrecho colaborador del presidente Mitterrand se inspira en el espíritu de este documento oficial de la UE para lanzar su propuesta.

El “plan Védrine” -así aparece en la portada del libro- preconiza en primer lugar escribir un “Discurso a los Pueblos”, cuyo contenido es el siguiente: “Pueblos de Europa, estáis muy unidos a la parte de identidad y soberanía que habéis conservado. Es legítimo. La finalidad de la construcción europea no tiene como finalidad disolver esas identidades, sino aportarles un valor añadido. Necesitamos ser fuertes juntos para que Europa tenga peso en el mundo. Ejerceremos nuestra soberanía en común porque somos interdependientes, pero os entendemos y decretamos una PAUSA en la integración para reflexionar y hacer balance antes de arrancar de nuevo”. 

Según Védrine, el principal objetivo político de este discurso es doble: “retomar el contacto con los más escépticos y desligarles de los antieuropeos ideológicos, y dirigirse a la gran mayoría”. En cuanto a la pausa, “no debe ser vergonzosa  ni oculta, ni tendría nada que ver con el mantenimiento del status quo, ni con la constatación de la impotencia”. Antes al contrario: “para dejar una impronta en las mentes tras años de controversias estériles y producir un efecto alentador, tendría que ser el resultado de una decisión explícita, asumida e incluso pregonada”. 

Del pregón se pasaría a la segunda etapa y plato fuerte del “Plan Védrine”: la conferencia refundadora de la UE, que sería la versión posmoderna de la Conferencia de Mesina, que relanzó la construcción europea en 1955 tras el fracaso, el año anterior del proyecto de Comunidad Europea de Defensa. Dos años después de Mesina, se firmaba el Tratado de Roma. Se trataría, en las circunstancias actuales, de repetir la jugada.

Para Védrine han de darse cuatro condiciones para que se pueda celebrar esta conferencia refundadora. La primera: que Alemania y Francia se pongan de acuerdo; la segunda: que se celebre en una ciudad europea que no sea capital; la tercera: que solo participen los Estados que lo deseen: “porque así se resolvería el asunto del núcleo duro, ya que nadie quiere ser la corteza blanda y que la exclusión es imposible”; cuarta: solo se invitaría a participar a las instituciones europeas en una segunda fase. 

El orden del día constaría de dos puntos. El primero sería un balance político de la construcción europea, es decir, de sus métodos, modo de funcionamiento, burocratización progresiva y su relación con los pueblos. Este balance estaría preparado por tres informes políticos. El primero estaría redactado por ex mandatarios de alto nivel (“grands anciens”), el segundo por los mandatarios actuales y el tercero por representantes de la sociedad civil.

El segundo punto consistiría en aclarar el papel de la Comisión y sus competencias tras haber realizado un inventario: política agrícola común ecologizada, fondos de cohesión adaptados y una política de la competencia repensada. Después, habría que proceder a la definición de nuevos ámbitos clave, en un sentido político y no tecnocrático. 

El objetivo último de Védrine es de volver a una Federación de Estados Naciones, tal y como la definió Jacques Delors, es decir, una definición en “la que cada palabra cuenta”. Védrine da mucha importancia a las palabras, y no solo en las definiciones: “es necesario abandonar explícitamente la verborrea, contraria a la responsabilidad, de la integración sin fin”. Está convencido de que con una lista de proyectos precisos y de calendarios concretos –la duración de la conferencia refundadora no sería tan larga como la de la Convención Europa entre 2002 y 2004-, nadie estaría tentado por el no, pues solo participarían los Estados que lo deseasen. 

Salvar a Europa (II): una conferencia refundadora
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