Jueves. 23.11.2017 |
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Salvar a Europa (I): una situación de emergencia

Hubert Védrine, político francés.
Hubert Védrine, político francés.

Hubert Védrine fue el único de los asesores áulicos de François Mitterrand que permaneció junto a él en el Elíseo durante la totalidad de sus dos mandatos: entró en 1981 como uno de los “fontaneros” diplomáticos del recién elegido presidente, posteriormente fue portavoz y culminó su trayectoria como secretario general de la Presidencia entre 1991 y 1995.

Salvar a Europa (I): una situación de emergencia

 

 

Los años después, Lionel Jospin le invitó a formar parte de su Gobierno como titular de la cartera de Exteriores, cargo que ocupó hasta 2002. Desde esa posición participó a la puesta en marcha del Tratado de Amsterdam y a las negociaciones que desembocaron en el Tratado de Niza. De ahí que por su experiencia -tanto con Mitterrand como con Jospin- sea uno de los grandes conocedores de los entresijos de la construcción de la Unión Europea (UE).

Y también uno de sus grandes críticos acerca de su funcionamiento en la última década, tal y como se desprende de “Sauver l’Europe” (Salvar a Europa), un corto pero contundente ensayo que escribió a raíz del referéndum británico de 2016 que desencadenó el Brexit o proceso de salida del Reino Unido de la Unión Europea, tras 43 años de pertenencia. Curiosamente, el libro de Védrine no ha sido traducido a ningún otro idioma. En España no ha suscitado ningún comentario entre los observadores y demás ambientes especializados, pese a la importancia de los asuntos que aborda.

En la primera parte, Védrine traza un balance demoledor de la UE, a la que describe en “situación de derelicción, o por lo menos de alelamiento”. Concluye que hay que el “estado de emergencia” en Bruselas. En su opinión, la UE padece de fragilidades internas y externas. Empecemos por las primeras. El principal reproche que lanza a los actuales dirigentes europeos es su distancia con las opiniones públicas de los países miembros: actúan supuestamente “en el interés de los pueblos, pero sin ellos”, y “frente al desmentido de los hechos”, su “catecismo paternalista permanece inquebrantable”.

¿En qué consiste ese peculiar catecismo? En los interminables mantras de “más Europa” de “superación de los egoísmos nacionales” y de “salto federal” que intentan animar la vida de una UE sin pulso y superada por los acontecimientos. “Se hace adoptar por los Parlamentos”, prosigue, “textos rechazados por referéndum y, si es necesario, se obliga a revotar a los pueblos hasta que se pronuncien en el buen sentido (irlandeses, daneses), haciendo caso omiso del traumatismo infligido a la psique democrática”. De lo interno a lo externo. El antiguo ministro francés de Asuntos Exteriores reconoce los innegables méritos de la construcción europea en la estabilización del Viejo Continente después de 1945; pero recrimina a la UE que se pretenda la “madre de la paz” (cuando en verdad es su hija cronológica) y que esta premisa haya servido a construir un discurso ingenuo, el de la “Europa de los valores”, seductor, aunque insuficiente para enfrentarse a los retos de un mundo inestable: así las cosas, “no hay que extrañarse que los caos actuales (el migratorio y el islamista) provoquen el hundimiento del mundo soñado por Europa”.

Védrine achaca en parte el advenimiento de esta situación a la existencia de unos síntomas anteriores al rechazo popular a la UE –que hunden sus raíces en el escepticismo hacia el Tratado de Maastricht- y, más recientemente, a la ausencia de reflexión sobre las causas de ese rechazo –el abuso de la expresión “integración política”, sentida por muchos como una amenaza a su identidad o la impotencia frente al fenómeno migratorio son algunas de ellas-, y procura ser ecuánime al denunciar la demagogia euroescépticos y eurófobos (que no son lo mismo, como se verá más adelante). Esta acumulación de torpezas ha desembocado se añade, en opinión del autor, al “choque en cadena” producida por el relanzamiento de la UE y una desregulación económica generalizada.

Si a esto se le añade que el Tratado de Lisboa -actualmente vigente- retoma el núcleo de la Constitución europea de 2005 deslegitimada por las consultas francesa y holandesa, la desafección, resulta inevitable. El Brexit sería, en esa lógica el último y más contundente síntoma de esa desafección. Védrine alberga la esperanza de que no habrá “contagio” a corto plazo y vaticina la recuperación política del Reino Unido tras este episodio absurdo. Sin embargo, avisa: si este episodio, por muy absurdo que sea, ha sucedido, ha sido, entre otras cosas, por la arrogancia y ceguera de las élites bruselenses que descargan toda la responsabilidad sobre el “populismo”. “No nos equivoquemos de análisis”, sostiene Védrine, para quien el Brexit es una de las expresiones del malestar por la intromisión de la UE en todos los asuntos de gobierno y su frecuente falta de respuesta en asuntos en los que los ciudadanos esperaban algo de ella. Por cierto, ¿qué piensan realmente los ciudadanos de la UE? ¿Cuál es el alcance de la desafección Védrine, sin citar fuentes o estudios demoscópicos localizables, aporta un esbozo de respuesta: está convencido que la opinión pública de la Europa de los 27 está conformada por un 15 a 25% de antieuropeos -y no escépticos-, entre un 15 y 20% de pro europeos, los federalistas ni superarían el 1 % -“son insignificantes, pero siguen siendo influyentes ante ciertas élites, en los medios de comunicación y en los think tanks”- y un 60 % de euroescépticos, “entendidos éstos en su sentido primigenio, es decir,
dubitativos”.
Una opinión más compleja de lo que parece en todo caso muy reticente a la deriva federalista que critica el que fuera asesor diplomático de Mitterrand y para quien estas cifras confirmarían la cada vez mayor brecha entre la mayoría de gobiernos europeos y las élites bruselenses por una parte, y el grueso de los ciudadanos de la UE, por otra. Para colmarla, Védrine ha elaborado una serie de medidas, (Continuará).

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