Sábado. 25.11.2017 |
Instituto de Estrategia S.L.P.

Arte y lenguaje, cómo se configura el pensamiento político (I)

Arte y lenguaje, cómo se configura el pensamiento político (I)

Que la praxis lingüística juega un papel determinante en la creación de nuevos escenarios políticos es, a todas luces, evidente desde la perspectiva de las democracias liberales. Ningún análisis riguroso de la realidad política contemporánea puede dejar al margen su dimensión esencialmente dialógica, ya que el uso del lenguaje se dirige, ahora más que nunca, a construir la realidad, sin dejarse limitar a la tarea de constatarla [1]; a elaborar un discurso en el que las propias proposiciones cobren fuerza y sentido. Tanto es así, que se puede afirmar con rotundidad que la finalidad de la praxis lingüística en el terreno de juego político es el mantenimiento del poder [2].

Ahora bien, esta construcción de espacios políticos –es decir, espacios lingüísticos, espacios humanos– a través de la palabra se hace posible gracias a lo que podríamos llamar, mediante una metáfora geológico-botánica, “significados sedimentados”: es decir, todo el sustrato de la cultura, de los valores, de la carga histórica y espiritual del que se nutre el lenguaje cotidiano –político– en cuanto vehículo de pensamiento de una comunidad en el espacio y en el tiempo.

Las palabras y las cosas portada
Portada de Las palabras y las cosas, Michel Foucault, 1966

Tomando como premisa esta concepción del lenguaje que, en cuanto portador de sentido y expresión de pensamiento, se convierte en elemento clave en la construcción de la realidad política –la mayor parte de las acciones políticas, como sostiene John Pocock, son verbalizaciones, y viceversa [3]–, parece coherente sostener que el arte, en cuanto lenguaje, juega también un papel considerable en la configuración del discurso político. Desde el momento en que se admite la capacidad esencial que tiene el arte de transmitir y expresar algo más allá de sí mismo, es decir, al reconocerlo como signo, como introductor de novedad y no como mera reduplicación de lo dado (es decir, reconociendo su poder de crear, más allá del de constatar), no puede soslayarse su carácter primariamente lingüístico. Y al reconocer esta dimensión gramática –simbólica– del arte, puede adivinarse su influencia –al menos indirecta, oblicua– en la vida política, que es, en este horizonte, vida lingüística.

Sin perder de vista su carácter originario –se ha hablado de la lozanía de las obras de arte [4]–, la praxis artística tampoco puede entenderse al margen de su herencia histórica –si bien no por ello se deja reducir a una mera síntesis de lo recibido–. En este sentido, la afirmación de Kandinsky: “toda obra de arte es hija de su tiempo” [5], es inseparable de su comprensión de la misma como elemento motor de la vida social, como vértice del famoso triángulo del movimiento de la vida espiritual, “de la que el arte es uno de sus más poderosos agentes, un movimiento complejo, poco determinado, no traducible a términos simples, que conducen hacia delante y hacia arriba” [6]. El arte –siguiendo la estela de Kandinsky– no es sólo manifestación (producto) de una serie de situaciones históricas, sino que participa como protagonista del dinamismo político de una sociedad en el tiempo, contribuyendo de forma casi decisiva a enriquecer ese poso de sentido, a partir del cual se configura el lenguaje con el que se construyen los nuevos escenarios de la vida política (con los que se construye realidad). Dicho filológicamente: el arte participa en el tejido de la sintaxis de la vida política –de la vida cotidiana, a fin de cuentas–.

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Portada de la primera edición de De lo espiritual en el arte, V. Kandinski, 1911

 

El lenguaje político del arte

A la tesis anterior podría refutarse –y no sin cierta razón– que, contrariamente a lo que se ha propuesto, la influencia del lenguaje político en el artístico es más evidente que la contribución de éste en la vida política. Que el arte ha servido, prácticamente siempre, (diría un supuesto objetor), para transmitir (de forma más o menos propagandística, más o menos sutil) determinados mensajes e intenciones políticos, y que, además, el rastro de esta influencia puede seguirse sin dificultad a lo largo de la historia. Quizás, admitiría, la influencia no ha viajado solamente “de arriba abajo” (del poder hacia el pueblo), sino “de abajo arriba” (del pueblo al poder), pero siendo siempre lo político la instancia que absorbió lo artístico, siempre verticalmente.

Ciertamente, la sola idea de emprender el trabajo de enumerar una lista de obras de arte convertidas en marketing político (en una u otra de las direcciones mencionadas) podría dejarle a uno exhausto, y además aquí estaría fuera de lugar. Los ejemplos en los que el poder político se ha servido de los artistas para dirigir la opinión pública en su favor, o aquellos en los que el artista ha plasmado en su obra el sello de la disidencia, son incontables (desde los murales de las tumbas de los faraones de Egipto a las campañas electorales de nuestro siglo, desde las tragedias griegas hasta el arte urbano). A todo este maremágnum de pugnas por el poder y estrategias a la sombra para derrocar al tirano recuerda el (manoseado) binomio ‘arte político’. En resumidas cuentas, no es poco habitual encontrarse con la opinión de nuestro ficticio objetor según la cual, de hecho, es el arte lo que se ha visto siempre influenciado por la política, y no al revés. Y hay que admitir que, desde el punto de vista de los hechos, desde el punto de vista histórico, ha sido, y es (por lo menos en este sentido) así.

guernica picasso
Guernica, Pablo R. Picasso, 1937

 

Un ejemplo incuestionable de lo anterior lo encontramos en el largometraje El triunfo de la voluntad, de Leni Riefenstahl (1935), donde es claro y notorio el protagonismo del mensaje político que se expresa por medio del arte –de la técnica artística–. Se trata de lo que podríamos llamar una “obra-manifiesto”, en la que todo se pone al servicio de la finalidad propagandística, y para la cual la totalidad del aparato estético que interviene en la transmisión del mensaje no es, para nada, secundaria: el lenguaje artístico se ha convertido en el resorte por el cual no sólo se engrandece la figura del líder[7], sino que sirve para introducir al espectador en una verdadera espiral de fervor nacionalista en la que todos los elementos cinematográficos, (incluso la música de Wagner) [8], pretenden conducirle a un asentimiento total con los valores transmitidos. Se trata de una muestra efectiva de cómo es la política la que engulle el lenguaje artístico, y no al revés.

 

Sin embargo, a pesar de la evidencia de los hechos, creo que sigue siendo conveniente profundizar en la búsqueda de las causas de esta recurrente conversión del arte en medio propagandístico. Un buen profesor me dijo que no vale la pena ser filósofo de trinchera, pues de lo que se trata es de tomar partido. La intuición que provocó la redacción de este estudio, en consecuencia, quiere ir más allá de los hechos, pues es por ellos que habitualmente entendemos como “arte político” aquello que, a fin de cuentas, ha venido a ser la devaluación de su sentido original (que el arte, como asunto humano, es político, lingüístico). Y este deterioro de sentido acontece cuando un interés distinto al de contribuir al enriquecimiento de la vida espiritual de un pueblo se apropia del empleo de la técnica artística para otro fin, quedando el arte mismo reducido, por ello, a techne. El arte propagandístico, la “obra-manifiesto”, podríamos decir en este sentido –y a riesgo de sonar políticamente incorrecto–, sería (gastronómicamente) a la vida política lo que el anuncio de un restaurante de comida rápida a la alta cocina.

 

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Anuncio de McDonald’s Love Free Wi-Fi, DDB, Sidney, Australia

[1] A este respecto es clara la exposición de M. Herrero: “El espacio político hay que entenderlo como una trama lingüística en la que diversos actores luchan por apoderarse del significado de las palabras (…). El lenguaje ha mostrado su poder en la capacidad no solo de decir la realidad, sino de construir realidad”. ‘El poder político del lenguaje’, FRANZÉ, J. (coord.), Democracia: ¿consenso o conflicto? Agonismo y teoría deliberativa en la política contemporánea, Los libros de la catarata, Madrid, 2014, pp. 42-43.

[2] Es difícil resistirse a hacer esta observación, que, al menos, dará pie a una reflexión ulterior. Hasta aquí coincidimos con el planteamiento de Foucault, al menos, en lo esencial: todas las relaciones humanas son políticas; por eso decimos del lenguaje que, por humano, es político. De hecho, podrían abrirse algunos interrogantes acerca de las luchas de poder que se pueden reconocer en toda praxis discursiva –en todo lo que podemos reconocer bajo el nombre ‘micropolítica’– (Cfr. entre otros, FOUCAULT, M., Las palabras y las cosas, Siglo veintiuno editores, Buenos Aires, 1968). Sin embargo, reconozco que estas cuestiones nos terminarían alejando de nuestro tema, por lo que será más conveniente tratarlas en otro lugar.

[3] Cfr. POCOCK, John GA. ‘La verbalización de un acto político: hacia una política del discurso’, Pensamiento político e historia: Ensayos sobre teoría y método. Ediciones AKAL, Madrid, 2011.

[4] Mediante este adjetivo definía las obras maestras la profesora María Antonia Labrada, en su intervención ‘El temple vital o la sensibilidad de la verdad’, durante el simposio “Cultura, verdad y cristianismo”, en torno al libro Cultura y verdad de Fernando Inciarte, que tuvo lugar el 4 de marzo de 2017 en el Instituto Cultura y Sociedad de la Universidad de Navarra.

[5] KANDINSKY, V., De lo espiritual en el arte, Paidós Estética, Barcelona, 1996, p. 21.

[6] Ibid. p. 25.

[7] Lo cual es indiscutible desde el primer momento, mediante la utilización, por ejemplo, de la técnica del contrapicado a la hora de enfocar a Hitler, y el picado para enfocar a las masas; o de los amplios barridos de la cámara que buscan evidenciar la tendencia universal del crecimiento del Reich, entre otras.

[8] Con su característica dominación de la ironía, Woody Allen alude a la fuerza cautivadora de la música de Wagner, llevando a uno de sus personajes a exclamar: “No puedo escuchar tanto Wagner, ¿sabes? ¡me dan ganas de invadir Polonia!”, Larry Lipton (interpretado por Woody Allen) en Misterioso asesinato en Manhattan, Woody Allen, 1993.

Juan Bausá Puigserver, Filósofo

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