Sábado. 18.11.2017 |
Instituto de Estrategia S.L.P.

Pacto secreto entre Puigdemont y Rajoy para un cambio de régimen en España

Por su interés, reproducimos este artículo de Javier Barraycoa, en el que se lee el aparente enfrentamiento entre el Estado y el Govern como una estrategia con una misma finalidad: la regeneración política de España.

Pacto secreto entre Puigdemont y Rajoy para un cambio de régimen en España

En la praxis política controlar los tiempos es fundamental y es indicativo de las intencionalidades de las decisiones políticas. Durante estos días hemos visto como en pocas horas se tomaban disposiciones y las contrarias sin ningún rubor por parte de Puigdemont. De hecho, los interminables cambios de hoja de ruta del secesionismo, han sido siempre fruto de “tempus interruptus” y la necesidad de rehacer estrategias.

A nadie se le escapa que las líneas de negociación entre el gobierno central y el autonómico estuvieron abiertas hasta el último momento, antes de la proclamación de la inexistente República Catalana. Había que ultimar un pacto para evitar la catástrofe y que las partes en conflicto no salieran no heridas de muerte. No hay que ser Junqueras o Montoro para saber que si la situación presente continuaba mucho más, la debacle económica en Cataluña sería inevitable y arrastraría toda la economía española. Si todos pierden, mejor que al menos se quede en tablas.

Y este nos parece que ha sido el “Pacto PuigRajoy”. El gobierno central estaba obligado, para salvaguardar su legitimidad, aplicar el artículo 155; y Puigdemont a proclamar la independencia. Y los dos han conseguido la cuadratura del círculo: unos piensan que la autonomía está intervenida y otros que ya vivimos en una República independiente con un gobierno legítimo en la semiclandestinidad. Es una locura, sí, pero una locura con sentido. Sun Tzu, en El arte de la guerra escribía que “cuando provoques desorden que sea fruto del orden”. Con otras palabras, debe existir una estrategia última que corresponda a situaciones aparentemente irracionales.

Veamos los síntomas de un teórico surrealismo que sólo puede ser explicado si hay un pacto bajo mano entre el gobierno central y los secesionistas. El 27 de octubre, por la mañana, Puigdemont va anunciar elecciones para dentro de dos meses. Al cabo de poco en su comparecencia comunica que estas no se celebrarán y en cambio, por la tarde, el Parlamento autonómico votará la resolución de proclamación de independencia. El hijo del pastelero de Amer elude así la responsabilidad de sedición y la traspasa a unos diputados autonómicos que votarán anónimamente para no poder ser tampoco encausados. Puigdemont, ya muy tarde, acude al Palau de la Generalitat donde sus adeptos esperan que el Presidentsalga al emblemático balcón donde Macià y Companys respectivamente lanzaron sus proclamas, y declare la independencia.

Pero nada, se mantuvo mutis por el foro. Nada de balconada, nada de proclamación. A la mañana siguiente se le descubría comiendo públicamente en un restaurante de Gerona, al mismo tiempo que la no-intervenida televisión del Régimen emitía un discurso ¿institucional? del no-President. Sus palabras, muy medidas, le salvaguardaban de futuras acusaciones de sedición y la ambigüedad le permitía dar la imagen de un President vigente. Mientras tanto, la bandera española sigue ondeando en el Palau de la Generalitat ¿Cómo es posible explicar tanta acumulación de surrealismo político, si no es por un pacto? El domingo siguiente, el 29 de octubre, en una gran manifestación contra la independencia en Barcelona, sus organizadores sorprendían con expresiones como que ya se había acabado el “procés” o que todo volvía por fin a la normalidad. ¿Ceguera o consigna? Todo olía ya a campaña electoral.

Nuestro análisis es relativamente sencillo. Hay pacto y se está jugando con la ilusión de muchos catalanes. Las elecciones que no convocó Puigdemont, son las mismas en tiempo e intención que las designadas por Rajoy el 21 de diciembre. Esta inmediatez permitirá recobrar la “normalidad” sin que el gobierno tenga que aplicar de facto el 155. ¿Cómo en 50 días se puede intervenir una autonomía y “desfacer” los abusos y excesos cometidos durante 30 años? ¿Cómo no se interviene la poderosísima TV3? Y qué decir de la educación, ¿en 50 días va a desaparecer el “recién descubierto adoctrinamiento” de niños? No nos podemos dejar engañar, no hay 155, todo ha sido una mascarada para convocar unas elecciones y evitar al gobierno meterse en el avispero de una compleja estructura autonómica.

Misteriosamente se han desconvocado huelgas salvajes convocadas para esta semana y la CUP ha dado órdenes de que las calles permanezcan tranquilas. El partido en el Gobierno central sabe por los sondeos que no sacará rédito en las autonómicas de su intervención y más si esta implicara desgaste político. Ciudadanos será el partido que se aprovechará del voto reactivo, pero ERC arremolinará el voto secesionista. Y el PDeCAT se salvará del hundimiento total, por una estratégica retirada a tiempo de Santi Vila que le permitirá liderar una versión moderada de su partido. La CUP, por su parte tendrá que volver a pasar por una traumática asamblea para decidir se presentan o no a unas elecciones “impuestas por un Estado opresor”.

¿El escenario tras las elecciones? El secesionismo perderá diputados pero no su hegemonía cultural ni política. Ya se entrevé un tripartito entre ERC, los Comunes de Ada Colau y … ¿PSC o CUP? De la decisión que tome Junqueras dependerán que manden unos tiempos u otros. En tres meses Cataluña volverá a estar como estaba. El pacto consiste en que el Estado ni la fiscalía harán demasiada sangre con la casta política secesionista y que Junqueras formará un tripartito con la promesa de no dirigir la barca hacia Ítaca, al menos a velocidad de crucero. Por eso, hace tres días Junqueras sorprendía con una frase: “Habremos de tomar decisiones que casi nadie entenderá”. La República puede esperar, primero hay que reformar la Constitución, y ese será el “tempus” político de ERC.

El tiempo del PP es hipercortoplacista y de cara a su electorado; el del secesionismo se puede adaptar y esperar 10 años más, o treinta. Ya lo han demostrado. El proceso continúa, simplemente se ha detenido a tomar aire. El Estado ha perdido pues no tiene estrategia. En definitiva todo se reduce a que si la proclamación de la República catalana haría caer la monarquía (vía rápida); o bien si la caída de la monarquía propiciará la república catalana (vía lenta). Y esta segunda vía es la que espera emprender el secesionismo. Lo dicho, en político todo se resume a controlar los “tempus”.

Fuente: Somatemps. Ver artículo original aquí: "“El Pacto PuigRajoy”, por Javier Barraycoa".

Pacto secreto entre Puigdemont y Rajoy para un cambio de régimen en España
Comentarios