Viernes. 24.11.2017 |
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EL CRISTO MUERTO DE ANDREA MANTEGNA

Una Resurrección de la Pintura

Tras el inmediato final de la Edad Media, la pintura religiosa experimentó cambios profundos. Quizás el más importante, en cuanto a imaginería religiosa y concepto experimental, es el Cristo Muerto (hacia 1475-1490), de Andrea Mantegna.

Una Resurrección de la Pintura

Mantegna (1431-1506) ingresa al taller de pintura de Francesco Squarcione (1395-1468) a la edad de diez años, y se retira siete años después, independizándose y conquistando prontamente un lugar destacado en el mundo del arte.

El Cristo Muerto asombró  y perturbó a la sociedad de su época, no solamente por la aplicación magistral de la propuesta plástica sino, y sobre todo, por la concepción contenida en esta obra de tema religioso.

Mantegna presenta un Cristo despojado de todo atributo divino: es el Cristo hecho hombre y solo hombre, el Cristo humanizado, una concepción inconcebible durante el Medievo.

Esta obra es un paradigma del Renacimiento italiano. El Siglo XV fue el último de la Edad Media y el primero de la Edad Moderna y se le denominó “El Siglo de las Innovaciones”. En ese siglo se desarrolla lo que hoy conocemos como la Banca Moderna, girándose las primeras letras de cambio; se produce la invención de la imprenta, que propagó el conocimiento con la impresión de los libros, se produce además el surgimiento de las Universidades, cuando el saber abandona las abadías y conventos y pasa a mano de los laicos; se producen descubrimientos geográficos –se descubre el Continente Americano-, descubrimientos  que habrían de cambia la concepción del mundo: Américo  Vespucio (1454-1512) y Sebastián Elcano (1456-1576) dan la vuelta al mundo, iniciada por Fernando Magallanes (1480-1521) en 1520. Con este suceso histórico Europa cobra conciencia de la esfericidad de la Tierra, que hasta entonces consideraban plana; Nicolás Copérnico (1473-1543) por su parte, elaboró la teoría Heliocéntrica, por lo cual es llevado ante la Inquisición por afirmar que la tierra no era el centro del Universo sino que giraba en torno al sol.

En el mundo del arte se inventa el óleo, se incorpora la perspectiva lineal y aérea, el espacio cobra importancia, se inventa el esfumino y el claroscuro; las figuras pierden rigidez y se establece el canon de 8 cabezas para la figura humana, las imágenes religiosas se humanizan como bien lo muestra Mantegna. Surgen los tratados sobre las artes; el retrato pasa a ser tema de arte, se pone interés en la vida cotidiana; se abordan temas paganos y mitológicos; se desarrolla el bodegón y la naturaleza muerta como símbolo abundancia y a la vez de la caducidad de la vida, y el desnudo figura como tema artístico desligado ya de la temática religiosa (creación de Eva, y expulsión de Adán y Eva del Paraíso).

Análisis.

El Cristo Muerto es un grandioso estudio de anatomía que representa la culminación del estilo duro, casi escultórico, e intensamente dramático de su autor: el cadáver aparece encima de una mesa, cuya superficie, lisa y rígida, introduce un factor de expresión dramática; el cuerpo está visto desde los pies, de manera que sus dimensiones se acortan de forma brutal.

El original punto de vista determina la construcción de formas anatómicas que casi nunca aparecen en la pintura antigua: el torso modelado por una luz baja, y el volumen y la textura de los pies descritos con detalle.

La simplicidad de las superficies anatómicas contrasta con el plegado de la tela que cubre la parte inferior del cuerpo revelando la robustez de las piernas.

La Virgen, acompañada por San Juan y una tercera figura de la que sólo es visible la parte inferior del rostro, se encuentra a la izquierda ahogada en lágrimas.

Escasos toques de color animan los rostros, de manera que el conjunto posee una sobria virtud cromática que acentúa su dramatismo; a idéntico propósito responde la cruda descripción de los orificios de los clavos en las manos y pies de Cristo, cuyos tejidos han sido desgarrados con un realismo que, casi seguro, debió de requerir la observación por el pintor de cadáveres torturados.

Su composición podría haber sido sugerida por alguna obra de Andrea del Castagno, y consta que impresionó vivamente a Rembrandt. La figura ha sido representada en un impresionante escorzo y reducida a un tratamiento de perspectiva que determina que pueda ser vista desde distintos puntos, alterando la rigidez monofocal.

Con nuestro movimiento, la perspectiva cambia. Se trata, pues, de ofrecernos una realidad vista desde un punto, pero que no es único, sino  el que nos encontramos en el momento de la visión. El movimiento de los ojos del espectador como engaño para sugerir el movimiento en el cuadro.

Mantegna, conocedor posiblemente más profundo de los monumentos clásicos que cualquiera de sus contemporáneos, trabajaba a partir de fuentes literarias tanto como de mármoles, monedas y medallas romanas; y en el tratamiento de temas clásicos, o que pretendían serlo, sus intenciones variaban desde la reconstrucción arqueológica a la normalización de "lo clásico" frente a "lo medieval".

Cuando Mantegna aspiraba a una restauración del mundo clásico a partir de sus restos visibles, se exponía al peligro de convertir en estatuas a las figuras vivas y palpitantes, en vez de infundir vida a las estatuas; sin embargo, en el Cristo Muerto el efecto de la simetría queda mitigado por la inclinación lateral de la cabeza y los pies.

En el Cristo Muerto, Mantegna da muestras de un dominio y virtuosismo de su oficio por el empleo impresionante de la perspectiva al lograr este magnífico escorzo, incorpora el punto de fuga, el estudio anatómico y el dramatismo en la obra.

El Cristo Muerto es humano, no divino. Recordemos que al morir en la cruz y después de su descendimiento, Jesús permanece durante tres días en el sepulcro –”...fue crucificado, muerto y sepultado y al tercer día descendió a los infiernos”- como se reza en el “Credo”. Jesús, el Cristo, es entonces enteramente humano en ese lapso de tiempo, antes de su Resurrección de los muertos.

Al expirar como hombre y antes de resucitar al tercer día, fue objeto de las atenciones que en esa época se dispensaban a los muertos.

En su obra Mantegna representa a María en compañía de Juan y una tercera figura de la que sólo vislumbramos la parte inferior del rostro; María se encuentra a la izquierda del cadáver sofocando su llanto. 

Una perspectiva extraña, ¿un mensaje?

Sin embargo, el virtuosismo pictórico de Mantegna parece debilitarse cuando nos ofrece un escorzo que, según estudios iconográficos y fotográficos actuales, es erróneo en su composición de perspectiva: piernas demasiado cortas, cuerpo demasiado largo, cabeza demasiado grande.

¿Error? El efecto dramático se consigue sin duda alguna. El truco de dejar los pies colgando fuera del mármol anticipa futuros experimentos visuales.

¿Error o mensaje? Las proporciones del Cristo yacente de Mantegna son las de un feto: un ser a punto de nacer.

La gran cabeza es la clave.

Un ser que va a renacer porque resucitará.

Un cuerpo transformado por la muerte -pálido, pétreo, sin asomo de vida-. Y transformado para la vida.

Cristo reducido a cadáver y Cristo, al mismo tiempo, reducido monstruosamente a niño aún no nacido.

La perfección técnica de otros aspectos del cuadro subrayan la carga de misterio de esta extraña perspectiva.

Es una hipótesis.

Experimentar con la muerte.

El carácter experimental que caracteriza buena parte de la pintura del Quattrocento convierte este cuadro en su genuino paradigma: el modelado de las formas pictóricas y la experimentación del escorzo y la perspectiva.

Aunque el Cristo Muerto no se queda solo ahí, pues su hondura emocional logra un efectismo dramático igualmente innovador, sin olvidar que su iconografía tampoco se conforma con el tratamiento de un tema religioso tradicional, sino que lo relaciona directamente con el Humanismo renacentista.

El Cristo Muerto es una obra modesta, de tamaño pequeño (apenas 70 x 80 cm.) pintada a la témpera y realizada en la última etapa de su vida, tal vez para decorar alguna capilla funeraria, aunque se desconoce su patrocinio (si es que lo hubo). Sí sabemos que, encontrado por sus hijos en su estudio, sería vendido para saldar así algunas de sus deudas.

El cadáver de Cristo después de ser crucificado transmite todo el dramatismo que entraña la muerte, recrea una atmósfera de dolor y sufrimiento emocional que trasciende cualquier interpretación religiosa para centrarse en la tragedia humana de la muerte.

Para ello, Mantegna experimenta. Y desarrolla toda una serie de recursos pictóricos realmente revolucionarios que hacen del cuadro una de las obras más originales de la historia: sorprende con el escorzo más valiente y atrevido realizado hasta entonces. La posición de Cristo en horizontal con los pies por delante, pero con la línea de horizonte muy baja, obliga a una perspectiva de una enorme profundidad, con muy poca distancia entre el primer plano y el punto de fuga, lo que genera una visión del cadáver que de esta forma se abalanza violentamente sobre el espectador, aún a costa de acentuar deformidades ya comentadas.

El resultado no es solo un efecto visual absolutamente novedoso y audaz, sino una imagen de Cristo un tanto profana, privado de todo elemento sagrado.

Líneas rotundas de gran dureza en sus perfiles y contornos, que reafirman el carácter escultórico y acentúan su expresividad a través de los pliegues de la sábana, de la piel grisácea u ocre pálido, o de las heridas profundas de los clavos sobre pies y manos.

El ambiente tétrico lo completa el color. El color entre pálido y fríamente gris que recorre el lienzo desde la cara al los pies, extendiéndose por el cuerpo y la sábana, emparentados en una misma tonalidad mortuoria.

Queda la expresividad propiamente dicha de todos los personajes.

A Cristo le acompañan la Virgen y San Juan, a quienes se une una tercera figura femenina, simplemente bosquejada al fondo del lienzo, que podría identificarse con la Magdalena. Se asoman apenas vislumbrados en un lateral, recortados sobre el borde del lienzo, lo que tampoco sería muy ortodoxo para esta temática sagrada, pero que resulta un experimento más de Mantegna sobre el drama de la muerte.

Las figuras aparecen de manera brusca, como desequilibrando el cuadro y su composición. Y es así, porque Mantenga se desentiende del motivo piadoso y ciertamente el cuadro solo le interesa como ensayo sobre el dolor y la muerte. Sobre el pensamiento de la muerte.

Mantegna ha pensado el cuadro para que resucite en el espectador el recuerdo trágico de su final -el del espectador- y ha dejado a la especulación la tímida esperanza de un re-nacimiento en otra vida.

Solo el Renacimiento podía dar a luz una obra tan viva.

Y tan muerta a los convencionalismos.

Una Resurrección de la Pintura
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