Martes. 21.11.2017 |
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UNA CONFERENCIA DEL DR. BASIL TAMAYEFF, CATEDRÁTICO DE ESTÉTICA EN LA UNIVERSIDAD ESTATAL SHAKERIM DE SEMEY (KAZAJISTÁN)

"La ideología de género es una carga explosiva en los cimientos de la sociedad occidental"

"El rapto de las Sabinas", Pablo Picasso, 1962.
"El rapto de las Sabinas", Pablo Picasso, 1962.
"La ideología de género es una carga explosiva en los cimientos de la sociedad occidental"

"(...) Se suele decir que el nacimiento de la estética tuvo lugar en Alemania a manos de Alexander Gottlieb Baumgarten, quien utilizó por primera vez el término, en su sentido moderno, en las Meditaciones poéticas de 1873, al mismo tiempo que planteaba la autonomía del fenómeno estético. El autor proponía en esta obra que, aparte de las formas tradicionales de conocimiento, existía otra modalidad ligada a la sensación y a la percepción, que resultaba irreductible a lo intelectual y que parecía ir acompañada de una facultad humana que le era propia. Esa modalidad se correspondía con la estética, que se configuraba así como scientia cognitionis sensitivae, lo que no la eximía de claridad, si bien era distinta de la intelectual y cartesiana. Lo importante de la obra de Baumgarten es que, a diferencia de lo que había ocurrido desde Descartes hasta Wolff, los sentimientos y las percepciones ya no eran descritos en relación a la razón lógica, sino que se aceptaban como agentes de conocimiento de nivel inferior pero con carácter irreductible.

Sin embargo, sólo podemos hablar con propiedad de la autonomía estética a partir de la obra de Immanuel Kant. Es en la Kritik der Urteilskraft (1791) cuando por primera vez se ubica la disciplina al margen del conocimiento y de la moral y cuando, también por primera vez, se postula la independencia del sentimiento en virtud de las herramientas que proporciona al filósofo el sistema del idealismo trascendental, que confiere al juicio de gusto un fundamento firme e independiente. Como se sabe, en la tercera crítica Kant se propone buscar el principio o condición a priori de la estética, lo que supone imprimir un giro de ciento ochenta grados a la estética anterior, que todavía dependía del conocimiento o de la moral. A partir de Kant, el sentimiento y el juicio de gusto son, por fin, independientes.

En el ámbito estrictamente artístico, el período ilustrado amparó también la institucionalización del arte, legitimando los componentes que a partir de ese momento más iban a relacionarse con él: la obra, el artista, el público y la crítica de arte (Jiménez). Se suele decir que el momento culminante en la historia de la institucionalización del arte ocurre cuando se funda en Francia la Academie Royale de Peinture et de Sculpture, una institución que tenía como propósito liberar a los artistas de las restricciones medievales y renacentistas y elevar su estimación social. La Academia impuso esa tendencia, para nosotros tan familiar, de juzgar las obras de arte fuera del tiempo y por encima de los problemas de escuela o nacionalidad, e impulsó también la discusión, en términos estrictamente filosóficos, del fenómeno artístico.

No se trata ya de juzgar el barroco según los parámetros culturales del siglo XXI, sino de aplicar los valores "de género" a la exégesis artística y a la arqueología. Calificar como "violencia de género" un 'Rapto de las Sabinas', o 'Susana y los viejos' es como calificar de genocidio 'La Rendición de Breda', de Diego Velázquez; o como "crímenes contra la humanidad" los fusilamientos del 'Dos de Mayo' de Francisco de Goya

Pero tal vez la consecuencia más importante de la institucionalización ilustrada sea la alteración del significado de «obra de arte», que se subordina, desde entonces, a la propia institución. En paralelo, aparecen una serie de conceptos que, si bien se utilizaban en tiempos anteriores, adquieren ahora un nuevo sentido.

Shiner recuerda que en el sistema premoderno, un creador podía ser llamado indiferentemente «artesano» o «artista» y en ambos casos se presuponía que su trabajo tenía que ver, tanto con las manos como con la mente, con la libertad y el servicio a una finalidad, con la innovación o la tradición. Sin embargo, en el sistema moderno nacido de la institucionalización, todos los aspectos «nobles» de ese artista/artesano son adscritos al artista, lo que trae como consecuencia la desestimación de la artesanía y la exaltación de su poder creador. Aparecen, además, otros subconceptos, basados también en oposiciones al sistema premoderno, que inciden todavía más en esa diferenciación: genio/talento, originalidad/imitación, creación/invención, imaginación productiva/imaginación reproductiva, placer reinado/divertimento sensual, contemplación desinteresada/uso práctico, etc.

Como resultado, «obra de arte» se convierte en sinónimo de «obra de las bellas artes» (work of fine art), una composición completa en sí misma, que se presupone nacida exclusivamente de la creatividad libre del artista y que no tiene otra finalidad que la apreciación estética. Lo que se le opone ya no es la naturaleza, como antaño ocurría con el término techné, sino la artesanía (Shiner). A partir de ese momento las bellas artes nacen directamente para exponerse en los museos y galerías y tienden a ser objetos hechos a mano individualmente y apreciados dentro del contexto de la ideología de las fine arts y de su historia. Las bellas artes se producen al margen de los medios populares pero dentro del sistema de mercado, al que contribuyen a desarrollar, con el factor “arte como inversión”.

El sistema de mercado es el que distorsiona la calidad del material creativo y artístico y el que debe ajustarse a los valores que prevalecen en la sociedad, y a aquellos que tienen la pretensión de serlo. Por otra parte, dejar el juicio de la validez intrínseca de una obra al criterio de unos pocos críticos, galeristas, coleccionistas o empresas de subastas, al amparo de la equidistancia cualitativa entre toda variable estética, permite un amplísimo margen de beneficios monetarios e ideológicos.

En este sentido, la denominada "ideología de género" que se infiltra en las sociedades occidentales, de raíz judeo-greco cristiana, ha llegado a las disciplinas académicas como la Historia del Arte. El juicio de obras clásicas y de motivos bíblico-mitológicos se fundamenta entonces en postulados del feminismo neoliberal, lo que resulta en análisis desenfocados de las obras, los periodos históricos y las creencias históricas. No se trata ya de juzgar el barroco según los parámetros culturales del siglo XXI, sino de aplicar los valores "de género" a la exégesis artística y a la arqueología. Calificar como "violencia de género" un 'Rapto de las Sabinas', o 'Susana y los viejos' es como calificar de genocidio 'La Rendición de Breda', de Diego Velázquez; o como "crímenes contra la humanidad" los fusilamientos del 'Dos de Mayo' de Francisco de Goya. La violencia es inherente a la condición humana y, en cualquier caso, las formas culturales no hacen sino manifestar conceptualmente, expresar de modo estético, las sucesivas plasmaciones sociales de esa condición violenta. (...)"

Véase en el diario español EL PAÍS el siguiente artículo:

"La ideología de género es una carga explosiva en los cimientos de la sociedad occidental"
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