Miércoles. 22.11.2017 |
Instituto de Estrategia S.L.P.

Hegel y la filosofía del arte

Para Hegel el camino hacia la liberación del espíritu pasa a través de la cultura. Es aquí cuando el espíritu reviste la forma del arte y de la religión, antes de alcanzar su forma definitiva, la filosofía.

Hegel y la filosofía del arte

Hegel trata la cuestión de la belleza en general y de las formas universales del arte y las divide en tres: simbólica, clásica y romántica o cristiana; posteriormente, estudia cada una de las artes: arquitectura, escultura, pintura, música y poesía.

Hegel pretende demostrar la necesidad de una filosofía del arte e indicar el modo en el que debe ser formulada. Con este propósito, recuerda el puesto del arte en el proceso del espíritu hacia el saber absoluto y su superioridad respecto a la naturaleza, pero sin considerarlo la más alta expresión del espíritu, pues hay una existencia más profunda de la Idea que lo sensible no puede expresar: es el contenido propio de la religión y de la filosofía. Si la filosofía siente la necesidad de reflexionar sobre el arte, es porque el momento en el que el arte era considerado la máxima expresión de la Idea ha sido, según el filósofo alemán, algo ya superado.

La posición del arte respecto a la naturaleza es clara para Hegel, y de ello depende su consideración de la estética como filosofía del arte. La estética debe ocuparse solamente de la belleza artística, que juzga superior a la belleza natural. El motivo de tal superioridad es su carácter espiritual. En el arte, el espíritu sobrepasa la naturaleza, porque en la obra artística su presencia es consciente y no, como en la naturaleza, una manifestación del mundo material.

En el arte, el espíritu se percibe a través del mundo material, superando, sin embargo, la particularidad de la materia. Por este motivo, para apreciar el arte no basta, según Hegel, ni el sentimiento ni el gusto, porque el arte se dirige al espíritu, que no puede detenerse en su dimensión sensible.

A diferencia del deseo, y como hace la inteligencia, el interés artístico busca lo universal, dejando libres los objetos que considera. Aquello que el arte permite contemplar no es el objeto en su realidad material, ni la idea pura y general, sino el aparecer de la verdad, algo ideal. El arte está situado, por lo tanto, a mitad de camino entre lo sensible y el pensamiento puro; pone en juego los sentidos ideales, vista y oído, cuya materia es lo sensible, por así decir, espiritualizado.

El artista, para Hegel, no debe imitar a la naturaleza, sino presentar algo que procede del espíritu: presentar sensiblemente la unidad de lo ideal y lo real. Para alcanzar este fin, deberá recurrir a la fantasía. El verdadero artista, el genio, es aquel que sabe unir, mediante su fantasía, la espiritualidad con la naturalidad.

De este modo, el arte revela la verdad. El arte, como la religión y la filosofía, pertenece a la esfera del espíritu absoluto, de la verdad. Las diferencias entre estas tres formas del espíritu proceden del modo por el cual conducen a la conciencia lo que es idéntico para las tres: el espíritu. La misión del arte, pues, es representar en modo sensible un contenido, el concepto, el espíritu. Lograr la perfección del arte, la realización de su ideal, significa para Hegel conseguir la perfecta unidad entre la forma sensible, individual y siempre concreta, y su contenido, que deberá ser también concreto.

El arte debe hacer accesible a la contemplación humana, a través de una forma sensible, la Idea. El arte hace presente la Idea por medio de la belleza. La Idea como tal, absoluta, no coincide, sin embargo, con la idea de la belleza artística, que tiene una realidad individual. La belleza no es más que una forma particular, que Hegel llama ideal, de representarse la verdad, la Idea absoluta.

En su camino hacia una verdad siempre más alta, y antes de llegar a su verdadero concepto, el espíritu debe atravesar diversas etapas mediante las cuales adquiere conciencia de sí: a la evolución del contenido corresponde la evolución de la representación artística. Solamente en la perfecta unidad entre la forma y el contenido, la representación realizará el ideal de la belleza artística.

Determinadas las condiciones propias del arte, Hegel señala las formas generales en las que el arte se ha desarrollado. Tales formas son tres: simbólica, clásica y romántica.

En su primera fase, el arte oriental o simbólico, a causa de la indeterminación del contenido, no logra conseguir la forma adecuada para expresarlo.

La segunda forma de arte, el arte clásico alcanza la perfecta adecuación entre forma y contenido.

La tercera forma de arte es la romántica o cristiana que, en un cierto sentido, supone un retorno al arte simbólico, pues se produce de nuevo una escisión entre forma y contenido. El arte cristiano se coloca, por lo tanto, a un nivel superior respecto al arte clásico, pero debe renunciar a su condición de verdadero arte, pues ya no puede pretender realizar la unidad entre lo divino y lo humano; tal unidad la realiza ahora la persona de Cristo. Mientras en el arte clásico la unidad entre forma y contenido se producía solamente en la imagen, en el cristianismo tal unidad, alcanzada de modo espiritual, se separa de lo sensible: la representación artística ya no es necesaria, se convierte en un accesorio del que se podría prescindir.

Los problemas surgen de la pretensión de adaptar la interpretación histórica del arte, siguiendo la teoría de las tres formas de arte, al análisis de las formas visibles en las que, según la materia empleada, el arte se realiza. Hegel quiere superar tales dificultades recurriendo a dos paradigmas diversos del arte: al que entiende el arte como unidad de lo sensible y de lo espiritual, y a aquel que, en cambio, centra la atención en el contenido.

El primer paradigma se realiza de modo perfecto en la escultura clásica. El segundo, lo cumple la poesía. Y esto porque solamente la poesía, en sus diversas formas, manifiesta el comportamiento humano, aquello que más íntimamente agita el corazón del hombre.

Como dice Hegel: “El arte, en su seriedad, es para nosotros algo ya superado. Para nosotros son necesarias otras formas con el fin de hacer presente lo divino. Necesitamos el pensamiento. El arte, sin embargo, es una forma esencial de la presentación de lo divino, y tenemos el deber de entenderla. Su objeto no es lo agradable, ni la habilidad subjetiva: es su dimensión de verdad lo que la filosofía debe considerar en el arte” [Lecciones 1823: 301-302].

De alguna manera, Hegel habla de la muerte del arte. Pero la propia historia de las artes, antes y después de Hegel, contradice a veces el planteamiento hegeliano. La muerte del arte no sucede por la dialéctica, sino porque las vanguardias, que pretendieron fundir el arte con la vida, lo fundieron con el mercado, según dijo hace poco Miguel Brieva en una charla con El Roto.

Bibliografía: Yarza de la Sierra, Ignacio, Estética, en Fernández Labastida, Francisco – Mercado, Juan Andrés (editores), Philosophica: Enciclopedia filosófica on line, URL: http://www.philosophica.info/archivo/2013/voces/estetica/Estetica.html

La muerte del arte en Hegel, según Arthur C. Danto

Hemos visto el concepto de “Muerte del Arte” en Hegel. Para Danto, no se trata de una situación terminal, de un final, sino de algo parecido a un nuevo nacimiento de infinitas posibilidades.

Actualmente, la productividad experimental sin ninguna dirección narrativa especial se ha convertido en norma, siendo, por tanto, cualquier cosa una obra de arte y si se investigara sobre qué es arte, habría que dar un giro desde la experiencia sensible hacia el pensamiento, hacia la filosofía. Este es el punto de partida de Hegel y del propio Danto.

La noción de la era del fin del arte de Danto estará inspirada, por tanto, en las observaciones de Hegel:

“El arte nos invita a la contemplación reflexiva, pero no con el fin de producir nuevamente arte, sino para conocer científicamente lo que es el arte”.

Por consiguiente, cuando se hizo claro que cualquier cosa podía ser una obra de arte, se pudo pensar filosóficamente sobre el arte. Aceptar el “arte como arte” implicó aceptar la filosofía que lo legitimó, materializada con los manifiestos. Sin embargo, con el fin de la modernidad se produjo el fin de los manifiestos, debido a que, según Danto, la premisa subyacente a todos ellos es filosóficamente indefendible.

Para este filósofo y crítico de arte:

“El verdadero descubrimiento filosófico fue que no hay un arte más verdadero que otro y que el arte no debe ser de una sola manera: todo arte es igualmente e indiferentemente arte”.    

Con esto, el arte ya no tiene que cargar con la responsabilidad de su definición filosófica y de ningún modo las obras de arte necesitan parecerlo. Esto significa que no hay ninguna dirección artística que el arte pueda tomar a partir de este punto. El arte ya no tiene que tomar una dirección sino que tiene infinitas posibilidades, como hemos dicho al principio.

En la época posthistórica, el artista ya no solo trabaja con un solo canal creativo sino que se sirve de una multiplicidad de medios de expresión.

El arte contemporáneo es demasiado pluralista como para ser capturado en una sola dimensión. Como señala Danto:

“El museo mismo es solamente una parte de la infraestructura del arte que va a tener que vincularse tarde o temprano con el fin del arte y con el arte después del fin del arte. El artista, la galería las prácticas de la historia del arte, y la disciplina de estética filosófica, deben, en su conjunto, tanto en uno como en otro sentido, dar un camino y tornarse diferentes (…). Sólo así será posible que el arte desborde los estrechos límites del museo y de las galerías, penetre en la materia de nuestras vidas y transforme y perfeccione la realidad del mundo”.

El momento que estamos viviendo nos abre a la subjetividad: no nos imponen límites, no hay normas directamente impuestas, pero a su vez esto hace que nos movamos a ciegas, no sabemos qué es lo que hacemos: ¿qué reacción, opinión o qué tipo de aceptación tendrán los espectadores al ver un trabajo artístico?

¿Qué es una obra de arte? ¿Qué diferencia hay entre una de arte y algo que no lo es cuando, aparentemente, son iguales? ¿Qué es lo que hace que algo sea una obra de arte? ¿Arte es todo aquello que un crítico califique como tal? 

Danto lleva al límite las tesis de Hegel y une el fenómeno artístico a la necesidad de su expresión filosófica. Un buen ejemplo de ello es Kandinski, que escribe sobre sus propias obras, trascendiendo la narrativa pictórica. Cézanne o Gauguin no escribieron tanto, pero sí lo hizo Van Gogh, como indica Danto, en sus “Cartas a Theo”, que explican de algún modo el fondo filosófico y vital de la pintura del genio holandés. Se trata de la expresión de las ideas hegeliana.

A partir de Danto, el Arte se ha abierto a la infinitud de sus potencialidades.

La Historia del Arte disciplina académica. Influencia de la filosofía del arte de Hegel en ella.

Hegel, en el entorno de su sistema filosófico, entendió el arte como manifestación del absoluto. No en su manifestación definitiva, que es la filosofía, sino como una de sus etapas previas. Por eso, también para Hegel el arte tiene un fuerte componente para el conocimiento verdadero: representa de modo sensible el espíritu, la Idea.

Hegel considera que el arte realiza su propio ideal en el arte clásico, en el que forma y contenido se armonizan de modo total. En sus etapas precedente, arte simbólico, y sucesiva, arte romántico o cristiano, tal unidad o todavía no es alcanzada o se rompe, pues el contenido de la religión cristiana excede a las posibilidades de la representación sensible. Hegel considera que si la filosofía puede explicar la verdad del arte, es porque el cometido del arte en cierto modo ha concluido, porque sólo en la filosofía —hegeliana— el espíritu alcanza su verdadera forma.

Hegel se ocupa de la estética no sólo en los cursos dictados en Heidelberg en 1818, y en Berlín en los años 1820-21, 1823, 1826 y 1828-29, sino también en sus obras mayores: la Fenomenología del Espíritu (1807) y la Enciclopedia de las Ciencias Filosóficas (1817). En ambas se refiere a la estética cuando expone, desde la perspectiva propia de cada obra, la vida del espíritu. La Filosofía del Espíritu, tercera parte de la Enciclopedia de las Ciencias Filosóficas, es la ciencia de la Idea que, a partir de su ser en otro, regresa a sí; se divide, como todo en el sistema hegeliano, de modo triple, ocupándose del espíritu en sí —subjetivo—, del espíritu en su exterioridad —objetivo— y del espíritu para sí —espíritu absoluto—. Este último vuelve a dividirse en otros tres momentos: arte, religión revelada y filosofía. Cada una de estas partes constituye una especie de círculo cerrado, basado en los círculos anteriores.

En la Fenomenología Hegel pretende elevar la experiencia al nivel de la ciencia, llevarla hasta la transparencia del concepto, encerrar en el concepto la casi infinita experiencia humana. Superadas las primeras etapas, la conciencia va madurando progresivamente hasta transformarse en espíritu absoluto. En tal camino ascendente, la conciencia individual se abre a la experiencia colectiva; las nuevas figuras de la conciencia serán ahora también figuras del mundo, figuras de la comunidad. El camino hacia la liberación del espíritu pasa a través de la cultura. Es aquí cuando el espíritu reviste la forma del arte y de la religión, antes de alcanzar, como dijimos, su forma definitiva, la filosofía.

En la parte general de sus Lecciones de estética de 1823 Hegel trata de la cuestión de la belleza en general y de las formas universales del arte: simbólica, clásica y romántica o cristiana; en la parte especial estudia cada una de las artes: arquitectura, escultura, pintura, música y poesía.

En la Introducción a sus Lecciones Hegel desea demostrar la necesidad de una filosofía del arte e indicar el modo en el que deberá ser articulada.

La posición del arte respecto a la naturaleza es clara para Hegel, y de ello depende su consideración de la estética como filosofía del arte. Como ya había anticipado Schelling, la estética debe ocuparse solamente de la belleza artística, juzgada superior a la belleza natural.

Las Lecciones de 1823 terminan con la conocida tesis, ya anunciada anteriormente, de la muerte del arte.

“El arte, en su seriedad, es para nosotros algo ya superado. Para nosotros son necesarias otras formas con el fin de hacer presente lo divino. Necesitamos el pensamiento. El arte, sin embargo, es una forma esencial de la presentación de lo divino, y tenemos el deber de entenderla. Su objeto no es lo agradable, ni la habilidad subjetiva: es su dimensión de verdad lo que la filosofía debe considerar en el arte” [Lecciones 1823: 301-302].

Las Lecciones de Estética contribuyen a reforzar la idea de la importancia del arte como vehículo de la verdad, a concebirlo en base al binomio forma y contenido, y a trasladar definitivamente la atención de la estética sobre la belleza artística, excluyendo de su estudio lo bello natural.

La lucha de las vanguardias artísticas contra el arte institucional en su intento de atacar el esteticismo, la consideración sólo estética del arte, al margen de su dimensión social, subversiva, surge de Hegel. La vanguardia artística tuvo un gran impacto y, sin embargo, falló en su lucha pues paradójicamente su protesta fue absorbida por el mercado; las obras realizadas con la intención de escandalizar al mundo del arte terminaron por ser acogidas en su seno, reforzando la autonomía del arte que pretendían derrotar.

Todo este proceso implicaba, como se ha mencionado, la reflexión de los artistas sobre su propio trabajo con el peligro de que el arte mismo se convirtiera, en mayor o menor medida, en estética, en reflexión sobre el arte. Hay autores como Danto, que ven en la evolución del arte moderno y contemporáneo el cumplimiento de cuanto Hegel había afirmado, es decir la necesidad de una filosofía del arte que implicara la muerte misma del arte, su desaparición como arte, al menos en el sentido que en el pasado se daba a esta palabra.

Danto interpreta de este modo la moderna historia del arte, considerando que «cuando el arte tematiza su propia historia, cuando se hace consciente de su historia, como ocurre en nuestro tiempo, de modo que la conciencia de su historia forma parte de su naturaleza, quizá sea inevitable que deba convertirse finalmente en filosofía. Y cuando así sucede, entonces el arte, en un sentido importante, llega a su fin».

El arte luchó abriéndose a las novedades técnicas, sociales, culturales, esforzándose en última instancia por derribar las fronteras que lo separaban del no-arte. De este modo el arte mismo introdujo en su seno muchas de las cuestiones ya presentes en las reflexiones clásicas sobre el arte y la belleza que las modernas teorías estéticas excluían, ampliando de nuevo los límites de la estética y poniendo en crisis el puesto que la filosofía moderna le había dado.

Si el arte debe integrarse con la vida, la reflexión sobre el arte, la estética, no deberá tener miedo de afrontar sus aspectos más duros y feos, y por esa misma razón no podrá obviar los problemas relativos a la relación entre el arte y la política, deberá ocuparse de la dimensión estética del arte, de su valor comunicativo, popular, de su relación con la técnica, con el mercado, con el consumo, con la belleza natural —como lo exige la nueva sensibilidad ambientalista y ecológica— y con tantas otras cuestiones relevantes de las que el arte contemporáneo se hace con frecuencia portavoz: pacifismo, democracia, tolerancia, racismo, feminismo, género.

Hegel y la filosofía del arte
Comentarios