Martes. 21.11.2017 |
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NOVELA POR ENTREGAS (PARTE 1)

Crónica de un atentado (Adiós, Coronel)

En motivo del reciente atentado terrorista que ha sufrido la ciudad de Barcelona, tenemos el honor de poder publicar el inicio de la nueva e inédita novela de Francisco Segarra, titulada "Adiós, Coronel". Publicaremos la continuación de la novela en futuras entregas.

Crónica de un atentado (Adiós, Coronel)

El cadáver presentaba un orificio por arma de fuego en la nuca. Era un hombre blanco y joven, con barba rojiza y una camiseta decorada con caracteres árabes.

Se había aplastado la nariz contra un banco de la iglesia y la sangre seca rubricaba sobre las baldosas el final oscuro de un alma de Dios, una de tantas.

Más allá, en el suelo, apuntando hacia el altar y hacia el crucifijo agujereado, el fusil AK 47, solo como un extraño engendro mecánico en un tumulto de piernas, brazos y gritos humanos de terror.

Más acá, casi encima del cadáver con el tiro en la nuca, un cuerpo se debatía entre la vida y la muerte. Un chico vestido de blanco, como un diácono, con el pecho acribillado a balazos. Sostenía un rosario en la mano derecha y miraba con ojos turbios a la imagen de la Virgen de la Paz que se alzaba a su izquierda.

-Ten piedad...

El coronel no había llegado a tiempo.

Salió corriendo detrás del diácono cuando éste descendió lentamente del altar y avanzó por el pasillo central de la iglesia hacia el terrorista que, fría y metódicamente, vaciaba el cargador del "Kalashnikov" sobre los fieles. Sorprendido al principio por la aparición del joven vestido de blanco, el presunto árabe dejó de disparar y de gritar.

-Allahu ak...!

La alabanza al Altísimo se quedó en su garganta.

El diácono caminaba hacia él con el rosario en alto.

La gente se escondía bajo los bancos.

Solo el coronel iba detrás del muchacho.

El terrorista recuperó el aliento y apunto al joven.

La ráfaga se perdió a un metro escaso del cuerpo del diácono.

No hubo impactos. No hubo sangre. Se diría que las balas habían desaparecido.

El terrorista volvió a disparar. Enloquecido no podía entender porqué, ni cómo, ni en virtud de qué poder, aquel joven vestido de blanco no caía por las ráfagas de su infalible AK 47.

No caía porque las ráfagas impactaban en un cuerpo invisible.

O en un muro transparente y denso como el más denso de los minerales.

Las balas no llegaban al diácono. Y tampoco llegaban al coronel que había desenfundado y se acercaba al terrorista desde un ángulo muerto.

El viejo coronel no comprendía la invulnerabilidad del diácono pero no perdió el tiempo: quería detener vivo a aquel asesino.

Y fue entonces cuando sonó un disparo desde la puerta del templo que abatió al árabe. Un disparo seco, preciso. Y una ráfaga llenó de plomo el pecho del diácono.

El coronel no fue, extrañamente, un objetivo del tirador exterior.

Pasando de una columna a otra, llegó a la puerta de la iglesia solo para ver cómo se alejaba un coche negro a toda velocidad, mientras la gente, en el suelo, gemía o señalaba bien en la dirección de la iglesia, bien en la del vehículo que se perdía por la avenida.

El coronel acertó a parar un taxi y le indicó, pistola en mano, que siguiese al automóvil negro.

-Si lo perdemos, joven, usted perderá la cabeza -le dijo al chófer mientras le acariciaba la nuca con el cañón de la "Glock".

[Continuará]

Crónica de un atentado (Adiós, Coronel)
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