Viernes. 06.12.2019 |
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La lucha contra los monopolios tecnológicos está en auge ¿será su fin?

Hace una década, cuando la codicia y la despreocupación de la industria financiera casi destruyen la economía estadounidense, la respuesta abrumadora de los políticos y la gente fue… la indiferencia. Casi en un instante, todo se perdonó y se olvidó.

La lucha contra los monopolios tecnológicos está en auge ¿será su fin?

Ahora, la industria tecnológica —la cual, entre otras innovaciones impresionantes, ofrece todo el conocimiento del mundo en el momento en que uno lo desee, permite que la gente transmita sin reservas sus diversas opiniones y hace que comprar sea tan fácil como presionar un botón— ha cometido algunos errores. Ha abusado de la privacidad, ha sometido a la competencia y, de manera esporádica, ha propagado odio. Y ese es solo el principio de la lista.

Google, Facebook, Amazon y Apple podrían no salir tan bien libradas como Goldman Sachs y Citigroup. Elizabeth Warren, la senadora demócrata de Massachusetts que busca la nominación presidencial de su partido, divulgó este mes propuestas que forzarían escisiones en el sector tecnológico e impondrían restricciones severas a lo que quede. Otra aspirante presidencial demócrata, la senadora Amy Klobuchar de Minesota, cubrió el mismo terreno de una manera más breve: “Tenemos un importante problema monopólico”.

En un momento en el que casi todo en Estados Unidos parece causar una polémica extrema, la acción antimonopólica en contra de la industria tecnológica se está considerando con sobriedad. La palabra “antimonopolio” es la bomba nuclear de la política regulatoria, pero la reacción ante las ideas de Warren y Klobuchar tuvo una receptividad sorpresiva.

“Hay que dividirlos”, comentó Warren en una entrevista en Face the Nation. El programa solo pudo nombrar a un crítico de su propuesta: Howard Schultz, el magnate de Starbucks, quien está coqueteando con una campaña presidencial independiente ante la indiferencia profunda de los votantes.

“Un multimillonario, ¿no?”, hizo notar Warren.

Durante décadas, cuando un político mencionaba la palabra “antimonopolio” en esencia sugería una mayor vigilancia gubernamental, un terreno peligroso al menos desde el gobierno de Ronald Reagan. El término “antimonopolio” fue relegado al estante donde depositaron a “socialismo”, “desigualdad de la riqueza” e “impuestos más altos para los ingresos más altos”.

No ayudó la historia revuelta detrás del que se podría llamar el “antimonopolio máximo”, cuando el Departamento de Justicia decide que una empresa está abusando de su poder monopólico y debe dividirse. En 1982, el gobierno desestimó ese caso en contra de IBM después de más de una década. En 2001, llegó a un acuerdo en el caso en contra de Microsoft. Desde el punto de vista del gobierno, solo la escisión de AT&T podría considerarse un éxito sin salvedades: en 1982, la empresa accedió a dividirse en una firma de telefonía de larga distancia y en siete empresas operativas regionales Bell, llamadas las Baby Bells.

Sin embargo, el panorama político está cambiando a una velocidad que deja boquiabiertos incluso a los expertos en temas antimonopólicos. El entonces presidente Barack Obama percibió a las empresas tecnológicas del mismo modo en el que ellas se ven a sí mismas: emprendedoras progresistas e inteligentes que quieren lo mejor para Estados Unidos. Su gobierno se rehusó a denunciar a Google por cargos monopólicos y contrató a gente de la industria tecnológica para que ocupara altos cargos. Más tarde, gente con altos rangos en su personal también ocupó altos cargos en la industria tecnológica. Fue una relación amigable.

“En definitiva, algo ha cambiado”, comentó Geoffrey A. Manne, fundador del International Center for Law and Economics, un centro de investigación en Portland, Oregon. “La mayoría de los votantes siente mucho aprecio por Amazon, Apple, Google e incluso Facebook. Pero creo que también cada vez hay una mayor sensación de escepticismo acerca de todas estas empresas. Se acabó el encanto”.

Junto con su colega Alec Stapp, Manne —quien ha criticado los argumentos antimonopólicos en contra de Google y ha recibido financiamiento del gigante de las búsquedas y de algunas competidoras, entre ellas Comcast y AT&T— aniquiló la propuesta de Warren en una reciente publicación de un blog. Stapp y Manne escribieron que el plan de la senadora de convertir las empresas más importantes en “servicios públicos de plataformas” bajo una fuerte regulación las volvería tan resistentes a mejorar como les sucede a los sistemas de alcantarillado o a la red estatal interurbana estadounidense de trenes de pasajeros Amtrak.

No obstante, en una entrevista Manne admitió que tal vez ha llegado el momento de aumentar la regulación.

“En Estados Unidos, hay una larga historia, no solo una reciente, del uso del poder del Estado para contrarrestar el poder económico de las empresas privadas”, explicó. “Quizá hemos llegado a ese momento de nueva cuenta”.

Daniel Crane, un experto en el tema antimonopólico de la Universidad de Míchigan, señaló que podría ser difícil vender la propuesta de Warren a los votantes. “Es probable que el consumidor promedio sienta que ella recibirá muchos beneficios gratuitos de las grandes empresas tecnológicas y se preocupará sobre las consecuencias de ponerse en su contra”, mencionó.

Sin embargo, Crane destacó que escindirse era la menor de las preocupaciones para las empresas. “Una consecuencia más probable es que la siguiente adquisición que busquen cerrar sea rechazada”, opinó. “Incluso, solo la retórica podría complicar sus vidas y presionarlos a lo largo del camino”.

Esta situación ya está en marcha. Una de las quejas sobre las prácticas anticompetitivas de Amazon es que prohibía que su mercancía se vendiera más barata en otro lado. Esto impedía que una nueva plataforma tuviera un precio más bajo que Amazon y una ventaja competitiva.

Amazon terminó esa práctica en Europa hace seis años, pero la mantuvo en Estados Unidos. En diciembre, el senador demócrata de Connecticut, Richard Blumenthal, les pidió a los reguladores que investigaran. La semana pasada, Amazon confirmó que había desechado el requisito.

En este nuevo entorno, de pronto, ganar puede parecerse mucho a perder.

Amazon se opuso a una propuesta en Seattle el año pasado de un gravamen corporativo para ayudar a los indigentes y tuvo éxito al lograr que lo redujeran a la mitad. Después, la empresa minorista decidió que simplemente no podía vivir con la medida. Comenzó un esfuerzo para revocar la propuesta. La municipalidad terminó con el impuesto justo cuando iba a entrar en vigor.

En aquel entonces, dio la impresión de que era otro triunfo para Amazon, pero incluso algunas de las personas que pensaban que el impuesto era una mala idea han comenzado a cambiar de parecer.

“Mi percepción de Amazon ha cambiado, y no de una buena manera”, comentó Julie Shapiro, profesora de Derecho Familiar en la Universidad de Seattle. “Creo que quieren tener el poder de abusar y, una vez que lo tengan, no dudarán ni un segundo en usarlo”.

Ese es el meollo del asunto: ¿una empresa puede ser dominante sin parecer abusiva? No es coincidencia que la empresa que padeció la acción antimonopólica más importante en el último cuarto de siglo (Microsoft) tuviera una terrible reputación en la comunidad tecnológica. Los votantes adoran la innovación, la conveniencia y a los emprendedores; no adoran a los abusadores.

Amazon no logró evitar un comportamiento abusivo en su proyecto de construir unas oficinas centrales en Nueva York —el cual ya abandonó— y, del mismo modo, Facebook fracasó la semana pasada cuando retiró las publicaciones de Warren en las que mencionaba que la empresa de redes sociales tenía demasiado poder. Aunque la firma dijo que las publicaciones habían violado el uso de su logo, las volvió a subir pronto, pero el daño en las relaciones públicas ya estaba hecho.

“¿Les da curiosidad saber por qué creo que FB tiene demasiado poder?”, tuiteó Warren. “Comencemos por su capacidad de anular un debate que cuestiona si FB tiene demasiado poder”.

Fuente: The New York Times

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