Sábado. 21.09.2019 |
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COMO EN BOSNIA CON LA REPÚBLICA SRPSKA

¿Debe dividirse Catalunya en dos Estados para garantizar sus derechos?

El conflicto catalán genera profundas reflexiones estratégicas. Los académicos llevan años advirtiendo que algunos conceptos con los que se articula el discurso político de la democracia son contradictorios, pero en la práctica no ha habido problemas serios hasta que el fenómeno independentista catalán se ha impuesto en la capital de los Derechos Humanos: Europa. Garantizar los derechos de los ciudadanos es tarea de cada Estado. Pero en Cataluña, ¿quién garantizará los Derechos Humanos de los independentistas? ¿Y de los españolistas? El profesor Pablo Romero ha publicado en su cuenta de Facebook el siguiente artículo que, por su interés, reproducimos y contrastamos con otro artículo de opinión del profesor Jordi Grupera, traducido del catalán.

¿Debe dividirse Catalunya en dos Estados para garantizar sus derechos?

No somos catalanes. Y es necesario que lo sepan

Es urgente un cambio de paradigma. No, nosotros no somos catalanes, ni en el sentido identitario y antidemocrático que ellos le dan al término, ni en ningún otro que tenga provecho intelectual o entidad política. Lo que somos es ciudadanos de Cataluña, con nuestros derechos más o menos intactos, sí, pero única y exclusivamente porque al serlo somos también ciudadanos españoles.

La lógica del reproche nacionalista, que nadie discute, es la siguiente: si eres catalán, tu opción política puede ser de cualquier signo pero dentro del catalanismo; el catalanismo político no tiene exterior. Es decir, fuera de él ya no eres catalán y tu política es anticatalana, y esto es así porque se deriva del principio fundacional: el acceso a la ciudadanía es por el catalanismo, y éste a través de la lengua. El cambio necesario viene de aceptar la evidencia de que ese núcleo es inmodificable porque es el origen del mito político y está envuelto y blindado de irracionalidad para el propio sujeto; es inaccesible. Pero si se ha establecido, es decir, impuesto y aceptado, que hay dos comunidades, y que la catalana efectivamente es la suya pero que la nuestra es española, él podrá seguir exigiendo ese catalanismo a los suyos, pero no le quedará más remedio que aceptar la existencia, y la legitimidad consiguiente, de un discurso político no catalanista dentro de Cataluña. El español en Cataluña es la única posibilidad de un exterior político al nacionalismo catalán.

No podemos seguir haciendo reclamaciones políticas desde nuestra condición de catalanes porque eso exige que ellos renuncien al núcleo que los funda ideológica y políticamente, es decir, que dejen de existir. Y eso es imposible. Ellos solo nos aceptarán en la condición de antes de la revuelta, o sea, sumisos y callados, y por eso cualquier conciliación, toda conciliación concebible, es decir, que ellos acepten, tendrá que ser siempre una cesión nuestra que nos retrotraiga a la antigua condición de ciudadanos de segunda silenciosos e invisibles. Solo desde la aceptación y el fomento de dos comunidades, es decir, reclamando nuestros derechos en tanto que españoles, tal vez sea posible una cierta paz. No una concordia, desde luego, sino una paz vigilada, exigida y conseguida en función de la fuerza. No son reformables y no nos aceptarán, por tanto, como somos, así que renunciamos a formar parte de la misma comunidad que ellos; este es un escenario ingrato y desagradable, como mínimo, y en el que yo no quiero vivir, pero menos quería vivir en el anterior y me espanta la posibilidad de retornar a él.

Y ése tendría que ser el núcleo doctrinal de toda consigna política en Cataluña lanzada por los partidos demócratas. O empezamos a romper su lógica, su lenguaje y los conceptos que se derivan de esa ciénaga, o seguiremos empeñados en colgar sombreros de verdad en ganchos pintados en la pared.


El profesor Jordi Graupera también propone ciertas modificaciones esenciales en el cambio de paradigma, pero desde el lado catalanista. "Las naciones reprimidas durante la modernidad vuelven a reclamar sus derechos en una Europa que sólo tiene la libertad para ofrecer al mundo y mantenerse hegemónica", dice Graupera, poniendo de manifiesto que solo hay derechos efectivos cuando hay un estado detrás capacitado y con voluntad de garantizarlos. Dice así:

Ciudadanos de aquí

"La detención y encarcelamiento de los imputados en Madrid y la detención de Puigdemont en Alemania sólo son la expresión cruel de la confusión que está destruyendo la política catalana. La confusión es creer que los derechos universales que disfrutamos como seres humanos están desligados de nuestro estatus como ciudadanos de un país reconocido. La verdad es que los derechos que se nos garantizan nos los garantiza un estado, y nadie más.

Cuando detuvieron Puigdemont recordé una rueda de prensa que hizo Merkel el verano de 2015, en pleno auge de la crisis de refugiados. "Los derechos ciudadanos universales -dijo- hasta ahora han estado estrechamente conectados con Europa y su historia"; si no sabemos responder a la crisis de los refugiados, continuó, "esta conexión con los derechos ciudadanos universales será destruida."

Fue el filósofo israelí Omri Boehm quien me hizo notar la contradicción en la frase "derechos ciudadanos universales", porque si los derechos son universales, no dependen de ningún ciudadanía concreta, y si son ciudadanos, sólo se aplican a los que tengan pasaporte de un estado. La frase de Merkel quería decir que, por razones históricas, Alemania tenía que extender los derechos derivados de su ciudadanía a un significado casi universal, y ocuparse así los refugiados que llegaban del conflicto sirio.

Lo que hacía Merkel era convertir el Estado alemán en un garante y árbitro de los derechos y privilegios que la Unión Europea debía poder permitirse. Aunque parezca una paradoja, acoger refugiados le daba poder, a Merkel, ante Putin y Obama, al igual que se lo daba reducir los servicios sociales que debe proveer Grecia. Por eso Alemania es el país más poderoso de Europa, porque puede abandonar Grecia a su suerte mientras acoge cientos de millones de refugiados, sin pagar de entrada un precio muy alto. El Estado es el instrumento que late de fondo, y es también la fuerza que gana preeminencia con estas maniobras, ya sean humanitarias o crueles.

El conflicto universal entre democracia y autoritarismo hoy se juega en el interior de nuestras instituciones. Por eso el conflicto entre estados y ciudades vuelve, por lo que las naciones reprimidas durante la modernidad vuelven a reclamar sus derechos en una Europa que sólo tiene la libertad para ofrecer al mundo y mantenerse hegemónica. Por ello, tanto la frase de Merkel como las detenciones de los políticos catalanes, la de Puigdemont en la frontera entre Dinamarca y Alemania incluida, demuestran que el problema universal de la democracia se concreta en el problema nacional de la ciudadanía. La ciudadanía es el deber de un estado de proteger todo lo que hay bajo la etiqueta ciudadano. Esta es la razón por la que el partido más nacionalista de España se llama Ciudadanos. No necesitan decir nada más: ciudadanos. Toda la fuerza histórica de España, todos los precios pagados y por pagar, y todas las exclusiones de la diferencia son dentro de la palabra. Hay un estado que te defensa y para ello te nombra ciudadano.

Por este motivo, cuando nuestra política pretende separar la cuestión democrática del choque nacional, apelando a frentes amplios democráticos para salvar los derechos civiles, lo único que consigue es dejarlo todos indefenso. El objetivo es ahorrarse los dolores de cabeza de la represión nacional de fondo porque siempre es más fácil aparecer como el defensor de derechos universales que como el defensor de una libertad particular. Es un error tan flagrante que parece hecho expresamente. Si renuncias al conflicto real, renuncias a la fuente de poder que podría garantizar los derechos universales para los catalanes. Sobre todo, es la renuncia a una libertad y una igualdad que forman parte de tu deber, como demócrata, un deber que se concreta en ti pero que es universal. Esta es la razón del éxito del 1-O, el religación de los derechos ciudadanos con los universales, para decirlo en palabras de Merkel.

El peor de los escenarios es tener a la gente dispersada por las calles, enfrentándose a la policía para nada, pensando que los derechos universales nos caerán del cielo europeo, protegiendo acríticamente nuestra política, mientras nuestros políticos preparan un frente democrático en el vacío, que sólo puede existir, hoy en día, si todo el mundo renuncia a ser quien es y acepta vivir en soledad un lento proceso de conversión al españolismo radical, en cuerpo y alma, o un lento proceso de sumisión de la voluntad a las necesidades materiales de la metrópoli. Y como esto no pasará, actuar como si fuera una posibilidad es acercarse paulatinamente al escenario violento que teóricamente se quería evitar".

Véa el artículo original en El Nacional.cat.


Si quiere profundizar en el pensamiento que hay detrás de ambos autores, le invitamos a leer Ethos y Polis (capítulo VII, epígrafe 4), del profesor Alfredo Cruz, uno de los máximos exponentes del pensamiento político actual, férreo defensor del Derecho como algo inseparable del Estado.

¿Debe dividirse Catalunya en dos Estados para garantizar sus derechos?
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