Martes. 21.11.2017 |
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LAS CONSECUENCIAS DE ARMAR AL RÉGIMEN DE KIEV

¿Quiere Estados Unidos convertir a Ucrania en un Afganistán europeo?

En un reciente artículo publicado en The Hill, Stephen Blank aborda los argumentos de quienes se oponen a entregar armas a Ucrania para contribuir a que la Casa Blanca, siguiendo la posición del Pentágono y del Departamento de Estado, dé vía libre a la entrega de armamento letal a Kiev. El nuevo enviado especial de la administración Trump en Ucrania, Kurt Volker, también se ha mostrado claramente favorable a la medida.

¿Quiere Estados Unidos convertir a Ucrania en un Afganistán europeo?

Blank quiere desmontar tres argumentos clásicos en contra de la entrega de armas: el peligro de intensificación de la guerra en Donbass, que favorecería a una Rusia dominante en el terreno militar en Ucrania; la oposición de los aliados estadounidenses y la falta de méritos de una Ucrania con escasos credenciales democráticos.

En la práctica, estos dos últimos argumentos resultan bastante irrelevantes a Blank. Los aliados, dice, ya han señalado que, aunque con reticencias, no se opondrán al movimiento estadounidense. Los credenciales democráticos, por su parte, son irrelevantes cuando es preciso “combatir por su vida, libertad, integridad territorial y soberanía” contra el agresor. Kissinger no lo habría dicho mejor para justificar cualquier golpe a la democracia en cualquier país del mundo en el que los intereses estadounidenses estuvieran en juego. Los paralelismos entre los Singlaub-McCain de ayer y los Volker-McCain de hoy son más que evidentes. Casi todos siguen en la brecha, de hecho, defendido el mismo propósito estratégico, que no es el de que cada país construya su propia vía a la democracia.

Blank se centra casi exclusivamente en la posibilidad de escalada del conflicto, con un argumentario que poco tiene que ver con la realidad, ya sea la del frente o la del frente diplomático. Hace tiempo que Rusia, con su apoyo a Minsk, ha congelado cualquier nuevo avance potencial en Ucrania. No es Rusia sino Ucrania quien se opone a la aplicación de esos acuerdos, no sólo con su hostigamiento militar sino con su política de incumplimiento del pago de las pensiones o con su oposición a desarrollar el proceso de creación del marco jurídico-político para el estatus especial de las zonas hoy controladas por las Repúblicas de Donetsk y de Lugansk. La preferencia de Ucrania a tratar con Rusia, evitando así cualquier negociación política con los actuales representantes de Donetsk y Lugansk no solo incumple los acuerdos de Minsk –que exigen negociación directa entre Kiev, Donetsk y Lugansk- sino también la lógica de tratar de buscar una solución negociada a la guerra.

Pero el artículo aporta algunas cosas más. Blank no se limita el campo de la potencial ayuda militar, hasta ahora centrada en la aportación de armas letales defensivas. Al igual que se da por hecho, no solo la presencia de tropas rusas en Donbass sino la ocupación del territorio, se asume con total claridad que “Rusia ya está y seguirá siendo provocada”, se entreguen armas o no por Occidente. Lo que se pretende es que Ucrania “termine el trabajo” al que tanto empeño dedica: atacar y atacar.

Blank asume claramente además que el objetivo es facilitar que el ejército ucraniano cause mayores daños al ejército ruso y a Rusia en general. La idea es que Rusia no puede permitirse una “guerra que lleve a muchas muertes”. Y de eso se trata, como con Hekmatyar en Afganistán en su momento, causar el mayor número de muertes posibles al enemigo. La idea es apoyar la doble estrategia de combate y diálogo, replicado “el modo en el que ayudamos a sacar a las fuerzas soviéticas de Afganistán”. Las consecuencias que para Afganistán ha tenido esa intervención estadounidense -cuyos efectos aún son visibles hoy en día en la destrucción y en una guerra cuyo final aún está lejos- parecen no importar en absoluto a Blank. Tampoco la población de Donbass, que ha sufrido los bombardeos ucranianos, no rusos, importa en exceso.

Se inicia además una fase nueva de propaganda, más cercana a la yugoslava, en la que se pretende hacer pasar a Rusia como un estado que devasta territorios ajenos, impone “purgas  étnicas si no limpieza étnica en Crimea” (como si los autoproclamados representantes de los tártaros representaran a una mayoría de la población local, algo completamente incierto). Parte de esa propaganda incluye además la referencia de Blank a la esponsorización del terrorismo en Ucrania o el disparo, no a uno, a “aparatos aéreos civiles desarmados”. Nadie en su sano juicio se creería este discurso pero es por completo seguro que se irá apoderando de forma progresiva de los medios occidentales.

Pero, y esto es más relevante, se acepta que ya no habrá presiones a Ucrania para cumplir los acuerdos de Minsk, unos acuerdos cuya falta de aplicación se atribuye ahora en exclusiva a Rusia, a la que se exige cumplir la parte del acuerdo que en realidad corresponde a Donetsk y Lugansk. Mientras tanto, Kiev incumple sistemáticamente los acuerdos e incluso la legalidad vigente en el caso del impago de las pensiones.

En realidad, es interesante comprobar que para Blank lo realmente decisivo no es tanto iniciar una fase cualitativamente diferente (Ucrania ya aplica una política efectiva de constante provocación) sino intensificar la que está en curso. Pero, de facto, esa línea sí supondría un cambio cualitativo. Porque difícilmente Rusia podría volver a dejarse atrapada en un enredo afgano. Esa experiencia muestra que debería ampliar su perímetro de protección ante la amenaza ucraniana. Es difícil pensar en un nuevo escenario afgano o incluso serbio en la frontera directa de Rusia. Y eso podría verdaderamente suponer un conflicto de graves consecuencias.

Blank habla, en este sentido, con extrema ligereza. Ciertamente la URSS salió de Afganistán para caer estrepitosamente poco después. Pero para ello fue necesaria una gran crisis económica, una penetración de los reformistas dentro de la KGB (apoyados desde estructuras externas a la URSS) y una posición débil del liderazgo político. Ninguna de esas tres condiciones se dan realmente en la Rusia moderna. Esa Rusia se juega además, no su posición en el exterior de sus fronteras, sino su propia estabilidad política.

Las bases democráticas de los experimentos estadounidenses han fallado estrepitosamente, además, en muchos de los escenarios comentados por Blank. Basta ver el caso polaco para ver sus límites. El modelo político-sindical de Walesa murió para siempre a los pocos años y poco parece quedar en Polonia, más allá del nacionalismo reaccionario, para fundamentar una democracia liberal a la occidental. Es la propia Unión Europea la que señala la creciente deriva autoritaria de ese Estado.

El apoyo al nacionalismo ucraniano, a través de la entrega de armas y el endurecimiento de la guerra, no contribuiría sino a esa dinámica nacionalista en el este de Europa, con la potencial configuración de un bloque, similar al pregonado Intermarium, más nacionalista, en especial en su voluntad de liquidación política de las minorías, que democrático.

Quienes conocen la historia de Afganistán saben que el experimento estadounidense sólo ha llevado desolación y reforzamiento de las posiciones más extremas del conservadurismo religioso, con consecuencias nefastas no sólo para ese país. La completa anulación de la mujer en amplias zonas del vecino Pakistán es una de esas consecuencias. También lo es la difícil estabilización del país, las consecuencias sociales y económicas del necesario gasto en policía y defensa. Y por supuesto la creación de las fuerzas yihadistas más reaccionarias desde el primer impulso al qutbismo en Egipto.

Y ahí radica el gran problema de publicistas como Stephen Blank: el desinterés por las consecuencias reales, más allá de los objetivos geopolíticos, de sus actos. No importa qué ocurra tras la entrega de armas a Ucrania. Y, como en Afganistán, Irak o Siria, lo probable es que no sólo sea mucho peor sino que esté dominado o condicionado por fuerzas reaccionarias que los Estados Unidos serán luego incapaces de controlar.

En realidad, para quienes presionan actualmente para que Estados Unidos suministre armas a Ucrania, ya sea contra las Repúblicas Populares de Donetsk y Lugansk o directamente contra Rusia, la democracia en esos países es una preocupación menor. De ahí que tan poco importen las críticas a los límites democráticos de Ucrania siempre que su Gobierno y sus radicales luchen contra la parte rusa y se mantengan fuera de la lucha antiestadounidense, como ocurriera en Afganistán. Que lucha por la libertad de fanáticos como Hekmatyar en Afganistán o de los nacionalistas radicales en Ucrania se asimile al combate por esa libertad para Estados Unidos no deja de ser una auténtica aberración. Y eso, en última instancia, es lo que pretende decirnos Stephen Blank.

Fuente: Slavyangrad. Leer artículo original en: "Las consecuencias de armar a Ucrania".

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