Viernes. 24.11.2017 |
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La condena por olvidar al 10

El Fútbol Club Barcelona, sin arriesgar en la posesión, tenía cómo sacudir al sistema defensivo blanco, a lomos de un Messi lanzado e imparable que siempre encontró en Jordi Alba una válvula de escape.

La condena por olvidar al 10

Luis Enrique descubrió las intenciones de Zidane instantes antes de que comenzara el clásico. Ninguna de las alineaciones escondía sorpresas, pero con los veintidós protagonistas sobre el césped del Bernabéu y Karim Benzema dispuesto a efectuar el saque de centro, el entrenador del Barça reparó en la posición anómala de uno de los futbolistas del Madrid. Así se lo haría notar a su segundo Juan Carlos Unzué: Gareth Bale arrancaba en la izquierda. La decisión de Zizou encerraba la esencia del planteamiento merengue, y es que el cambio de banda del galés no respondía a una mera sustitución de nombres que mantuviera la disposición habitual del ataque blanco, sino que su presencia en el perfil zurdo del ataque local, al menos de entrada, iba a estar acompañada por la del resto de la BBC. Zidane, inicialmente, concentraba el músculo ofensivo de su equipo sobre la zona de Sergi Roberto, la que más ha hecho sufrir atrás al Barça a lo largo de la temporada por la ausencia de un lateral derecho al uso. El técnico madridista había localizado una debilidad y, vestido de blancas, se lanzó a por ella. Sucede, sin embargo, que Leo Messi obliga. Se puede vencer al argentino, también ser mejor equipo que el suyo, pero nunca ser más grande que él. Pretenderlo es condenarse. Ante un rival problemático en lo futbolístico y malherido en lo anímico, la noche en que asestar el golpe definitivo a La Liga, el Madrid quiso estar por encima de Messi y lo pagó como se pagan los errores ante el diez.

El juego madridista se rigió según dos postulados emparentados con la misma estrategia pero de efectos diferenciados. Con balón, su agresividad contra la portería de Ter Stegen sería altísima, multiplicándose en el disparo y la ocasión, merced a un Barça sin opción de detener el avance, y con la firme intención de que finalizando la práctica totalidad de sus ataques, el adversario no tuviera oportunidad de correr en transición. Los de Luis Enrique, ordenados de entrada a partir de un 1-4-4-2 que tanto en ataque como en defensa dejaba a Rakitic y Alcácer en las bandas emparejados en el retorno con los determinantes laterales blancos, eran empujados desde el exterior hacia atrás, perdiendo la opción de poblar el centro y así darle altura a su defensa. La ofensiva del Madrid llegaba muy arriba, y cerca de Ter Stegen no dudaba en poner a prueba al alemán. Que el Barça llegaba al clásico con problemas se hizo patente tanto en lo reactivo de la idea sin balón como en lo planteado con él. Pese a la desventaja que reducir en la tabla, así pues, la puesta en escena culé mantuvo la prudencia que suele asumir en el feudo blanco, priorizando la protección del cuero como arma defensiva cuando lo tenía a cambio de renunciar a ganar metros con continuidad. Guardameta, defensas y centrocampistas tenían como objetivo principal encontrar un camino que diera salida al balón, independientemente de la dirección en la que éste mirara.

El intento azulgrana de refugiarse en el cuero, sin embargo, se topó con algo nuevo. Mientras los catalanes reproducían la posesión pasiva de sus últimos enfrentamientos contra el Real Madrid, los de Zidane rompían la norma defensiva que había venido definiendo sus clásicos. En lugar de contemporizar la defensa prefiriendo el corte al robo, la misma agresividad con la que atacaron la trasladaron a su comportamiento sin balón, con afán por presionar y recuperar el esférico de pies de sus adversarios. Antepusieron la debilidad del rival a la amenaza de su estrella, lo cual tuvo como consecuencia que el ejercicio culé de hilar pases terminara dando con la posibilidad de hacer llegar el balón a Leo Messi, y que cuando éste recibiera, lo hiciera con opciones de encarar a un contrario que en lugar de esperar respondía al amago y al quiebro. Este fue Carlos Henrique Casemiro, que abandonado por el agresivo posicionamiento defensivo de Modric y Kroos, se enfrentó con regularidad a un mano a mano ante el diez al que, metiendo el pie, le abrió la puerta. El Fútbol Club Barcelona, sin arriesgar en la posesión, tenía cómo sacudir al sistema defensivo blanco, a lomos de un Messi lanzado e imparable que siempre encontró en Jordi Alba una válvula de escape.

El lateral izquierdo culé, sirviéndose del fuera-dentro de un Paco Alcácer de escasa y poco precisa intervención, pero que resultó valioso limpiando el carril, fue una conexión siempre activada. La conducción de Leo, normalmente orientada hacia su perfil izquierdo, lo encontraba abierto como una opción de descarga. A medida que en su avance el Madrid se fuera cerrando sobre él, en Jordi Alba tendría posibilidad de dar continuidad a la pelota. Además, tanto por la vía directa de una salida desde atrás que tuviera al lateral, Umtiti e Iniesta como protagonistas, como indirectamente tras recibir el messipase, las internadas de Alba le dieron al Barça la opción de devolver el balón al carril central cerca del área de Keylor Navas. Tanto fue así que pronto Zinedine Zidane se vio obligado a volver sobre sus pasos, pues con Modric pendiente de Andrés Iniesta, Paco Alcácer trabajando en el arrastre de Carvajal y nadie en disposición de perseguir a Alba, el lateral y su conexión con Messi estaba resultando un cabo suelto potencialmente muy dañino para los intereses madridistas. El técnico francés no tuvo más remedio que renunciar a su intención inicial de redoblar la amenaza sobre la posición de Sergi Roberto en pos de devolverle la simetría al dibujo de su equipo.

Ya era tarde. Leo se había apoderado del juego y de las sensaciones, rompiendo un partido que hasta el final, casi de forma ininterrumpida, se contorsionó al punto de perder la estructura, dando como resultado un enfrentamiento de impactos individuales en el que La Pulga siempre se guarda la última carta. Por un lado Marcelo, Sergio Ramos, Nacho, Marco Asensio y la entrada de James Rodríguez para sumar productividad a un Real Madrid capaz de asomarse regularmente al área del Barça, y por el otro Piqué, Umtiti, Jordi Alba, Iniesta, Busquets o un Sergi Roberto que pudo sobreponerse al hecho de haberse visto señalado por el planteamiento rival como la debilidad a explotar, dieron forma a partir de batallas particulares a un encuentro cada vez más deshilachado. Sin embargo, y aunque alejado, el principal escudero de Leo Messi en el Santiago Bernabéu fue Marc-André ter Stegen, impecable en la atajada, imprescindible con el balón en los pies y especialmente concienciado en la salida tanto por alto como a la espalda de la defensa. El clásico también se explicó por él y por su igualmente oportuno homólogo Keylor Navas, aunque con Leo Messi sobre el campo todo lo demás pierde valor. Quien lo olvida, ni que sea por un instante, está condenado a caer.

Fuente: EUMD. Leer artículo original aquí: "La condena por olvidar al 10".

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